Por: MarĆa Esperanza Casullo
y MatĆas Bianchi
Argentina se asoma a la conmemoración de los 50 años del golpe de Estado de 1976 en un estado de profunda perplejidad. El objeto de esa perplejidad es nada mÔs y nada menos que el estado de nuestra democracia. ¿Nuestra democracia estÔ sólida o débil? Y, ¿cómo y desde dónde respondemos a esta pregunta?
El autoritarismo contemporĆ”neo ya no suspende la Constitución, utiliza las instituciones vigentes para impulsar su agenda. No cancela la institucionalidad sino que juega en sus contornos. El exceso de los Decretos de Necesidad y Urgencia del actual gobiernoācomo el 70/2023 que derogó mĆ”s de 300 leyes de un plumazoā y el recurso abusivo al veto presidencial representan una forma de Ā«cesarismo democrĆ”ticoĀ». Todo legal.
MĆ”s preocupante es la resistencia del Ejecutivo a aceptar las reglas del juego cuando le son adversas. El caso de las leyes de financiamiento universitario y movilidad jubilatoria es emblemĆ”tico: ante la anulación de los vetos por parte del Congreso con mayorĆas agravadas, el gobierno optó por declarar dichas leyes Ā«suspendidasĀ». Esta Ā«suspensiónĀ» de facto no solo es inconstitucional, sino que representa un quiebre en el equilibrio de poderes. Ya no es la Ā«suma del poder pĆŗblicoĀ» obtenida por las armas, sino la parĆ”lisis deliberada de los contrapesos institucionales.
EstĆ” claro que si comparamos la salud de nuestra polĆtica con el aƱo 1976, la Argentina ha logrado Ć©xitos que en 1983 parecĆan impensables. Ā”Llegamos cuatro dĆ©cadas de democracia ininterrumpida! Y, sin embargo, tambiĆ©n la democracia cruje por todos lados. Una cifra de pobreza mayor a la que existĆa en 1976, una ciudadanĆa desencantada que vota en menor porcentaje en cada elección, ascenso de fuerzas que llegan al poder paradójicamente afirmando que la democracia no sirve y que limitan o erosionan derechos civiles, polĆticos y sociales. Vivimos en democracia, sĆ, pero una democracia mĆ”s frĆ”gil, mĆ”s imperfecta y, en definitiva, menos democrĆ”tica de lo que soƱamos en 1983.
El Reporte Sobre la Democracia del V-Dem Institute de 2026 seƱala a la Argentina como uno de los paĆses que han girado mĆ”s fuertemente al autoritarismo en el Ćŗltimo aƱo; de hecho, para ellos Argentina tiene el dudoso privilegio de pertenecer a los 10 paĆses que mĆ”s democracia han perdido en este Ćŗltimo tiempo. Algo similar mostrĆ”bamos en el reporte āMarcadores de erosión democrĆ”tica 2025ā de Asuntos del Sur y en una nueva versión producida en 2026. En estos informes seƱalamos el debilitamiento institucional mediante el uso de DNU y medidas de excepción, la persecusión judicial a periodistas, las restricciones al derecho a la protesta y la huelga, el desfinanciamiento de funciones claves del estado como la educación, la salud y la atención a las personas con discapacidad, la creación de una esfera pĆŗblica violenta a travĆ©s del uso del insulto y el acoso. No pueden quedar dudas de que el gobierno de Javier Milei lleva adelante un proceso de autocratización incremental desde adentro.
En 1976, la dictadura impuso mediante la violencia abierta un orden que en gran medida buscaba generar silencios sociales. Nada que ver con los procesos de autocratización actuales, que en gran medida estĆ”n basados en la generación consciente de cacofonĆas sociales: gritos constantes, espectĆ”culos que mezclan estĆ©tica de recital de rock con insultos a sus adversarios, pĆŗblicos que se azuzan en redes sociales, fake news y memes. En todo el mundo vemos lĆderes que estĆ”n en nuestras pantallas todo el dĆa, gritando, bailando, y posteando imĆ”genes de sĆ mismos como superhĆ©roes musculosos o figuras bĆblicas.
La palabra como arma
En la memoria colectiva de los argentinos y argentinas el 24 de marzo estĆ” ineludiblemente conectado con un recuerdo sonoro: una voz marcial enunciado en radio y televisión āComunicado Nro 1ā. La voz humana, la palabra, dando forma oficial a un proceso polĆtico.
Es fĆ”cil olvidar el rol central de la palabra en la polĆtica, y que todo proceso autoritario comienza con la captura y degradación del lenguaje. En la dĆ©cada de los 60, la construcción retórica del Ā«enemigo internoĀ» preparó el terreno para la aniquilación fĆsica. Hoy, esa lógica reaparece bajo el disfraz del combate contra la Ā«castaĀ», el Ā«comunismoĀ» o el Ā«anti-wokismoĀ». Como dijimos, el efecto es cacofónico. Sin embargo, no hay que olvidar que aĆŗn en esta cacofonĆa hay voces privilegiadas. El presidente es el nodo central en el esquema comunicacional polĆtico, ya que su voz es la Ćŗnica con la autoridad polĆtica suficiente para designar amigos y enemigos.Ā
La diferencia fundamental es que hoy el campo de batalla es la esfera pĆŗblica digital y el atril presidencial. Los nuevos soportes son posteos, memes, reels, imĆ”genes creadas con inteligencia artificial. Los mensajes, como dijimos, se multiplican pero aĆŗn en esta diversidad hay un hilo conductor: una visión de la polĆtica como inherentemente violenta, como una guerra contra adversarios sacados de los repertorios de la alt-right norteamericana: lo woke, el colectivismo, las feministas, los parĆ”sitos, los orcos.
El concepto de violencia estocĆ”stica es el eje de esta nueva fase. Cuando el Presidente califica a los oponentes de Ā«ratasĀ», Ā«parĆ”sitosĀ», Ā«orcosĀ» o Ā«terroristas económicosĀ», no estĆ” simplemente incurriendo en exabruptos; estĆ” emitiendo una seƱal de baja frecuencia a una red capilar de seguidores que interpretan ese mensaje como una oportunidad de hostigamiento. Nuestras investigaciones destacan cómo en esta prĆ”ctica se ha vuelto un mecanismo de identificación y formación de identidad polĆtica a travĆ©s del ataque digital coordinado. La formación de un ānosotrosā tiene como un componente central creer que se tienen los mismos enemigos.Ā
La violencia discursiva se relaciona de maneras complejas con la violencia real y concreta, como hemos visto en el caso del doble femicida y activista libertario Pablo Laurta. No es casual que este maniqueĆsmo extremo presenta un claro patrón de gĆ©nero. Mientras que la mayorĆa de los crĆticos varones a veces son respetados o ignorados, las mujeres āperiodistas como Julia Mengolini o artistas como Lali Espósitoā son objeto de campaƱas de difamación masiva, ataques con deep fakes y amenazas que trascienden la pantalla para afectar su seguridad personal. Al convertir al adversario en una patologĆa o una amenaza a eliminar, se rompe la premisa bĆ”sica de la democracia: que el otro es un interlocutor legĆtimo.Ā
La palabra llega finalmente a los cuerpos
La reducción democrĆ”tica se explica y se legitima con la palabra, pero la finalidad Ćŗltima es impactar en la vida cotidiana, en los cuerpos. Margaret Thatcher dijo que la verdadera finalidad era el cambio cultural, pero ese cambio cultural implica cambios concretos en las libertades y los derechos de trabajar en condiciones dignas, de tener acceso a la educación y a la salud de calidad, de usar el espacio pĆŗblico, de disfrutar el ocio. El discurso que ataca a los sindicatos como parĆ”sitos y ladrones se hace realidad en una reforma laboral que hace que las personas trabajen doce horas seguidas; el discurso que ataca a las orientaciones sexuales disidentes se hace realidad en el aumento de ataques a personas LGTBIQ+ en la vĆa pĆŗblica; la demonización de los discursos de gĆ©nero es instrumental para la eliminación de las polĆticas contra la violencia de gĆ©nero.
La etapa final de la secuencia de erosión democrĆ”tica es la reducción sustancial del espacio para la contestación pĆŗblica. El protocolo antipiquetes āque legaliza una postura represiva arbitrariaā y la flexibilización para que las fuerzas de seguridad actĆŗen sin orden judicial son ecos distantes, pero reconocibles, de las Ć©pocas mĆ”s oscuras.
La violencia policial en las marchas de jubilados y el hostigamiento sistemĆ”tico a periodistas de investigación āque ha llevado a la Argentina a caer 47 puestos en el Ćndice de libertad de prensa de RSFā configuran un escenario de Ā«disciplinamientoĀ» social. Cuando el Estado nacional defiende a agentes que arrojan gas lacrimógeno a niƱos o que provocan daƱo cerebral a periodistas, estĆ” enviando un mensaje de tolerancia hacia la violencia institucional que rompe el pacto de Ā«Nunca MĆ”sĀ».
A esto se suma la preocupación por la reactivación de capacidades de espionaje interno a través de la SIDE y los cambios en la Ley de Acceso a la Información Pública, que ahora permite mantener bajo secreto datos sobre la «vida privada» de los funcionarios, obstaculizando el control ciudadano sobre posibles casos de corrupción.
Argentina en laĀ Internacional ReaccionariaĀ
Argentina no estĆ” sola en este deslizamiento autoritario. SegĆŗn V-Dem, hoy el mundo tiene menos democracias (N=88) que autocracias por primera vez en mĆ”s de 20 aƱos. El mismo informe pone a Argentina en un grupo de paĆses que se han vuelto mĆ”s autoritarios, como Estados Unidos, HungrĆa, India. AsĆ como hubo una ola global de golpes de Estado en el Sur Global apoyados por paĆses del Norte inmersos en la Guerra FrĆa, hoy la āinternacional reaccionariaā es parte de otro tsunami equivalente.
Argentina se ha convertido en el laboratorio global de una nueva derecha radical. Como seƱala un artĆculo reciente en Foreign Affairs, el alineamiento ciego con figuras como Donald Trump, Viktor OrbĆ”n o Benjamin Netanyahu inserta al paĆs en una red global de autocratización que intercambia marcos retóricos, estrategias diplomĆ”ticas y recursos económicos.Ā
El informe revela la existencia de Ā«colaboración financiera blandaĀ», como el rescate estadounidense de 2025 destinado explĆcitamente a apuntalar la posición electoral de Milei en las elecciones de medio tĆ©rmino frente a la frĆ”gil situación económica. Al mismo tiempo, el retiro de delegaciones argentinas de cumbres climĆ”ticas (COP29) y la salida anunciada de la Organización Mundial de la Salud (OMS) marcan un repliegue soberanista que busca eludir los compromisos previamente asumidos y los mecanismos de rendición de cuentas internacionales. Este aislamiento diplomĆ”tico no es ingenuo; es la bĆŗsqueda de desmantelar el Ā«estorboĀ» de los tratados de derechos humanos que el paĆs históricamente ha sido protagonista a nivel global.
El desafĆo de la memoriaĀ
En definitiva, la lucha democrĆ”tica en la actualidad es mĆ”s urgente que nunca. Sin embargo, vivimos en un momento de desconcierto. Esa misma cacofonĆa constante de palabras e imĆ”genes puede hacer difĆcil orientarse, decidir estrategias comunes, no dispersarse frente al ataque del dĆa. Es fĆ”cil suponer que la solución es renunciar, aislarse, intentar proteger el metro cuadrado. Hoy āNunca mĆ”sā significa resistir a estos embates y fortalecer los espaciosĀ de resiliencia. La vitalidad de las instituciones electorales, de los partidos y la masividad de las protestas en defensa de la salud y la educación pĆŗblica demuestran que la sociedad no ha claudicado.
Dos cuestiones son clave. Primero, es necesario fortalecer los espacios de encuentro y de copresencia, cualquiera sean. Segundo, es importante identificar a los actores y sectores sociales mĆ”s comprometidos con los valores democrĆ”ticos. Nuestras indagaciones seƱalan que los grupos sociales mĆ”s identificados con los valores democrĆ”ticos son las mujeres jóvenes, lasĀ personas con discapacidad y sus familiares, y los jubilados y jubiladas. El mayor desafĆo es evitar la guetificación de las agendas de derechos y lograr que los derechos de cada grupo, identidad, comunidad, es un derecho de todos.Ā Ā
Y, finalmente, tambiĆ©n se trata de imaginar una democracia nueva. La salida de la dictadura en 1983 felizmente no intentó recrear el sistema polĆtico de 1916, sino avanzar hacia nuevos discursos y nuevos derechos. El trabajo de reconstrucción que espera no debe ser nostĆ”lgico, sino valiente e imaginativo.
