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Thomas Kuhn, Corrupción y Dilma

La crisis por la que atraviesa Brasil resulta desconcertante para propios y extraños. Este país hasta hace poco parecía que finalmente iba a desacreditar la ironía de Charles de Gaulle de que Brasil era el país del futuro pero que siempre lo seguiría siendo. En la última década Brasil se convirtió en una de las diez economías del mundo; sus empresas se globalizaron; se transformó en un  articulador de los BRICS; interlocutor de los Estados Unidos con la región; candidato fijo para ser miembro permanente del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas; modelo de desarrollo capitalista con inclusión social; y casi todo el crédito iba a su partido gobernante, pero especialmente su líder máximo, Lula, quien se erigió en el referente de una izquierda moderna y pragmática que finalmente parecía poder gobernar a la bestia.

Siguiente escena, vemos a un país dividido, con cientos de miles de personas protestando en las calles de todo el país; su economía sumida en una de las peores crisis económicas de su historia; y a Dilma Rousseff acusada de estar a la cabeza de una maquinaria inepta y, sobre todo, corrupta.

Corrupción: ¿Hipocresía o estrategia política?

Frente a este escenario complejo y desconcertante, de causas diversas, la corrupción emerge como el punto saliente y la explicación a casi todo. Es notable el foco que se hace en la corrupción porque también es un fenómeno que se repite en varios países de la región: la necesidad de meter presos a los corruptos y de llevar a cabo una limpieza moral de la política. No hace falta más que discutir con vecinos o repasar los principales diarios para evaluar la potencia y alcance de este argumento. En Brasil toma forma con los casos de “mensalao” y “Lava Jato” y un juez superhéroe que tiene el “coraje” de limpiar a la política.

Lo curioso es que Dilma no tiene ninguna causa por corrupción, y el caso por el que es juzgada es por “irregularidad administrativa en el presupuesto”. Esta situación se torna ridícula cuando se observa quiénes son los que se encuentran detrás del impeachment. El principal actor es Eduardo Cunha, quien sí se encuentra procesado por el Supremo Tribunal Federal -apareciendo con cuentas en Suiza y en los Panamá Papers– y el PMDB –partido que estuvo en todas las instancias de poder desde a vuelta a la democracia. Detrás de ellos se encolumnan los medios de comunicación oligopólicos, agro-negocios y sectores empresariales concentrados. En la confusión todo esto no importa, el discurso de la corrupción es fácil y poderoso para explicar los problemas del país. ¿Hipocresía o estrategia política?

El sociólogo Sebastián Pereyra nos da pistas en su reciente libro “Política y Transparencia” (Siglo XXI editores) donde señala que la insistencia de la corrupción es una excusa para descalificar a la política y, en particular, a la lucha ideológica. Lo que sucede es que se busca moralizar a la política, desideologizándola, y así diluir a los clivajes de intereses. La corrupción permite separar fácilmente a los políticos, metiéndolos a todos en una sola bolsa. Al frente se sitúa a una sociedad civil que por principio es honesta. Las diferencias de modelos de país, el rol del Estado, la inclusión social, la política fiscal es secundario. La política es gestión y todo funcionará si se la controla eficientemente. Pereyra menciona cómo el discurso de la corrupción tomó fuerza en América Latina en la década del 1990, donde había que privatizar para quitarle a los políticos corruptos el control de las empresas estatales. Este argumento no niega la existencia de la corrupción, ni que no haya que juzgarla, pero manifiesta lo funcional que es a actores particulares. ¿. Esta estrategia no es nueva, recordemos que a Getulio Vargas le hicieron el golpe de Estado por corrupto, pero, ¿qué hicieron luego los militares para luchar por la corrupción?.

Thomas Kuhn y los cambios de paradigmas

Sucede también que, tal como señala Bernardo Gutiérrez, el PT y Dilma no son ajenos a aquello que los juzga. Ese “pragmatismo” otroramente vanagloriado hizo finalmente al PT parte de la maquinaria de la política brasilera, pactando con partidos tradicionales y los poderes de facto. Salvador Schavelzon se pregunta cómo espera el PT solidaridad de los estudiantes que pedían mejor transporte público, de la clase media acosada por el ajuste neoliberal o de las familias víctimas de la violencia policial. Dilma, Lula, y al PT quedaron atrapados en la trampa de “gobernabilidad” en la que jugaron. El PMDB, Temer, y demás, fueron sus socios políticos y terminaron como el cuento de la rana y es escorpión.

Es por ello que hoy, la principal crisis es política, y el discurso de la corrupción captura ese enojo y falta de legitimidad de la sociedad con su clase política. Pero, como dice el filósofo coreano Byung-Chul Han, la transparencia es un discurso anti-político, de “espectadores escandalizados” (El País, 2014). En el desconcierto, ganan los poderosos. Quién tomará el poder luego del impeachment de Dilma?

¿Cómo se sale de esa situación? Definitivamente no por medio del impeachment por parte de un congreso altamente conservador y corrupto, en el que los diputados votaron en nombre de Dios, la familia y uno hasta votó por quien torturó a Dilma.

Lo que deberíamos plantearnos es pensar en un cambio de paradigma político. Conversando con colegas brasileros, surgió Thomas Kuhn, quien, en su clásico “La estructura de las revoluciones científicas”, explica cómo la ciencia funciona en paradigmas. Kuhn sostenía que la ciencia evoluciona dentro de reglas establecidas hasta que, cada tanto, emerge una revolución que abre nuevas fronteras y, así,  se empieza a funcionar bajo un nuevo paradigma.

Usemos este concepto como metáfora para la política. La sociedad brasilera se ha transformado estructuralmente en las últimas décadas, con una clase media más robusta, una sociedad más educada, con derechos que han sido ampliados, y ha emergido una generación de adultos nativos democráticos. En grupos focales que realicé allí a finales del año pasado, surgió claramente la contraposición entre emergentes sociales que exploran nuevas fronteras, trazando lógicas colaborativas, incluyen nuevos temas en la agenda pública y ejercen prácticas democráticas que son completamente innovadoras frente a la política institucional vigente. Lo que proponen es un nuevo paradigma.

Sin embargo, lo que no se ha transformado es el sistema político. No debería sorprender que un 80% de los brasileros no confía ni en Dilma ni en Cunha. Es decir, las principales expresiones políticas no dan cuenta de ese emergente político que anteriormente hablaba. El Congreso que vota el impeachment es conformado mayoritariamente por hombres, blancos, mayores, ricos y ligados a las elites locales de los Estados. No tiene nada que ver con una sociedad llena de colores, con amplios colectivos negros, pobres, estudiantes, campesinos, obreros e indígenas y demás que no tienen sus intereses plasmados en el sistema político.

Yo soy de los que piensa que el PT ha sido la mayor innovación política en la historia brasilera y, sin lugar a dudas, un referente político para la región. Sin embargo, quedó atrapado en su propio juego. Es momento que pensemos en una renovación de la política que distribuya el poder y de cuenta de los actores y prácticas sociales emergentes. Aquí hay una gran responsabilidad de los actores sociales organizados. Tienen que tener la claridad para no caer en el discurso homogeneizante de la corrupción, en el “que se vayan todos” que es funcional a unos pocos. Sobre todo, tienen que ser capaces de identificar y llevar adelante sus propios intereses. Y, en vez de emprender una cruzada moral contra la política, podamos discutir sistemas políticos que no requieran de la corrupción para ser gobernados, y que también regulen el rol de los medios de comunicación y de los empresarios en la vida política.

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Matías F. Bianchi

Director Fundador de Asuntos del Sur. Es politólogo de la Universidad de Buenos Aires, posee un MSc de la Universidad de Oxford, un Master of Public Affairs del Instituto de Estudios Políticos de París (Sciences Po) y es Doctor en Ciencia Política, tesis “economía política de la democracia subnacional”. Es docente universitario y participa en diferentes instancias de diálogo internacional en torno a temas de descentralización, federalismo y manejo de recursos naturales.

Christian Andres Gonzales Calla

Politólogo.

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