CERRAR X

CONTÁCTENOS

Gracias! Nos pondremos en contacto.

Oops! Tente novamente

OJALÁ SI LLEGUE EL FIN DEL MUNDO…

En estos días, muchas personas alrededor del mundo comparan los sucesos que están ocurriendo con escenas y hasta películas completas que hablan del “fin del mundo”, debido a la gran cantidad de riesgos que nos rodean y que pueden convertirse en desastres: tres huracanes en el Atlántico y un sismo de importantes magnitudes ocurriendo simultáneamente. Miles de personas en peligro, miles de afectados por el paso de estos fenómenos, millones en pérdidas económicas y daños materiales, y lo más doloroso: demasiadas vidas que se fueron.

Es, precisamente en estos días, que la reflexión nos debe llevar realmente al fin del mundo: es verdad, tenemos que llegar al fin del mundo.

El fin del mundo respecto a dejar de nombrar a los desastres como naturales: los desastres no son naturales, son provocados por fenómenos que pueden ser de origen natural, socio-natural o antrópico, pero el desastre que sucede a estos fenómenos se debe a que estos ocurren en contextos de vulnerabilidad; una característica intrínseca a nuestra manera de vivir en sociedad. El desastre ocurre cuando nuestra capacidad de respuesta es superada, por tanto, un desastre es un problema no resuelto del desarrollo.  

Un desastre puede gestionarse, pero lo más importante: un desastre puede no ocurrir si se gestiona adecuadamente el riesgo, entendiéndose éste, como la probabilidad de ocurrencia de un desastre. En términos aritméticos el riesgo es el resultado de la multiplicación de las amenazas por las vulnerabilidades. Si bien es cierto que la amenaza no puede reducirse, las vulnerabilidades sí pueden; por tanto, la reducción de vulnerabilidades reduce el riesgo.

¿Es posible reducir las vulnerabilidades? Sí, que lo es, mediante la generación de acciones desarrolladas y propuestas por todos los sectores con el objetivo de mitigar, prepararse, responder, reconstruir, rehabilitar y -lo más importante- prevenir la ocurrencia de desastres. Este proceso, denominado gestión del riesgo, va más allá de confinar en las alturas de los gobiernos la responsabilidad de manejarlo, sino que es un ente vivo que exige de todos nosotros el compromiso, la participación y la responsabilidad de actuar en la prevención de los desastres.   

Es necesario que suceda el fin del mundo para la peligrosa creencia de los humanos aislados, del falso paradigma que seduce a las personas a pensar: “lo que sucede a otros no me afecta a mí”. Es momento de finiquitar el convenio celebrado con la evasión de la realidad y huir despavoridamente de la zona de confort y asumir las responsabilidades que nos corresponden, desde el rol que nos compete en la sociedad. Todas nuestras acciones tienen consecuencias, y si no estamos dispuestos a conocerlas, tampoco estaremos en condiciones de asumirlas. El vivir en sociedad nos da derechos, pero también obligaciones. En este sentido, gestionar el riesgo es ser coherentes entre lo que decimos y lo que hacemos.

Provoquemos el final del mundo que reproduce prácticas e ideas que no nos pertenecen y que nos llevan a formas de vida cada vez más insostenibles. Probablemente el discurso del cambio climático es mucho más popular que el de la gestión del riesgo; sin embargo, la conciencia de la prevención del cambio climático y la gestión del riesgo deben ser como dos caminos en los que debemos transitar si es que queremos soñar con un futuro mejor, mejorar nuestra calidad de vida y dejar un mundo para las futuras generaciones.

Es nuestro deber asumir que el cambio climático es el resultado de nuestra forma de desarrollarnos, y que éste a su vez intensifica la ocurrencia de los desastres. Si el riesgo es el resultado de amenazas y vulnerabilidades, entonces este se convierte en desastre cuando supera la capacidad de respuesta. Por tanto, las vulnerabilidades son la raíz del problema y el principio de búsqueda de soluciones sostenibles. Es imperativo hablar y conocer las formas de asociación entre el cambio climático y la gestión de riesgos y estudiarlos desde perspectivas multidimensionales y multiactorales. Desafortunadamente no existen aún soluciones mágicas, ni lineales ni de corto plazo, pero debemos comenzar hoy a tomar acciones frente a estos fenómenos.

Que se produzca el fin de un mundo en el que los gobiernos actúan irresponsablemente al amparo de una ciudadanía indiferente y silenciosa. Es necesario terminar con ciudadanías que no exigen a sus gobiernos actuaciones informadas, consensuadas y responsables; definiendo como responsabilidad gubernamental políticas y acciones que analicen los problemas, gestionen eficientemente los recursos y mediante acciones de evaluación y retroalimentación, que se responda a la crisis y se promueva la resiliencia de la mano de una ciudadanía responsable que conoce sus derechos y obligaciones y los cumple.

Considerando lo anterior, el sismo en Tabasco nos debe dejar algunos aprendizajes, que pueden extrapolarse a cualquier otro contexto:

  1. Los riesgos están presentes aunque no los tengamos en nuestras percepciones: Tabasco no es considerada zona sísmica, por lo tanto era difícil de imaginarse un evento como el del pasado jueves 7 de septiembre. Sin embargo, las amenazas están siempre latentes y, por tanto, son riesgos que pueden ocurrir.
  2. Es momento de ser resilientes, pero la resiliencia no es solo levantarse, ni flamear orgullosos una bandera, ni sólo celebrar la vida; es levantarse habiendo aprendido las amargas lecciones que los desastres nos enseñan con las mentes abiertas a aprender mediante un ejercicio consiente en el que se haga imperioso conocer, reflexionar, tener opinión crítica e informada sobre los hechos. Para ello no podemos reconstruir igual, no podemos informar igual ni responder de la misma forma. Es necesario evaluar códigos y normas de construcción con el propósito de introducir los cambios necesarios, es fundamental evaluar nuestras maneras de responder y nuestras formas de prepararnos. No se trata de buscar culpables: sino de aprender, de reconstruir mejor.
  3. Es momento de comprometernos y responsabilizarnos con nuestro papel como habitantes y ciudadanos de un territorio, que está conformado por todos/as: gobiernos, sociedad, empresas, medios de comunicación, académicos/as, organizaciones, etc. No basta con compartir memes irónicos, ni quejarnos en redes sociales, no basta con exigir respuesta por parte de los demás. Nos hace falta el doloroso ejercicio de autocrítica hacia las maneras de vivir ese momento y de nuestras acciones para contribuir a este.
  4. El humor reduce el estrés en momentos de crisis, pero si solo se queda allí deconstruye, desenfoca la atención de lo importante, nos aleja de la reflexión y nos convierte en algo así como seres despreocupados del contexto, nos deshumaniza, partiendo del fundamento que la humanidad es la condición que nos distingue de los demás seres con los que convivimos en el entorno. Es bueno reírse, pero no es bueno quedarse allí.
  5. Como sociedad debemos exigir, principalmente de nosotros mismos, un mayor compromiso por informarnos y estar preparados para hacer un uso responsable de la información y no seguir generando crisis. Debemos exigir de las autoridades una buena respuesta y una buena reconstrucción, y también debemos exigir por parte de los medios de comunicación, una comunicación responsable. Y así podríamos continuar, recordando siembre que “el buen juez por su casa empieza”.
  6. Se necesitan cambios, pero en serio: la gestión del riesgo de desastres no ocurre sin una gestión de gobierno. Si continuamos construyendo de igual forma, no habremos capitalizado lo sucedido. Por tanto, el trabajo de coordinación intersectorial ahora debe trasladarse del momento de la respuesta al momento de la prevención: repensar códigos y normas de construcción y repensar nuestra planeación urbana en general. Esto es lo que nos ayudará a reducir las vulnerabilidades.
  7. Desmitificar que “para hacer algo, se necesitan montañas de dinero”: para gestionar el riesgo se necesitan solo tres cosas: voluntad política, consciencia social y compromiso. La voluntad política no sólo de gobernantes, sino también de cada sector involucrado: sociedad civil, organizaciones, sector privado, sector académico, etc. La política la hacemos todos/as, y la política es el poder de transformar. La consciencia social es la que nos permitirá avanzar hacia una mejor comprensión de los riesgos y, por ende, hacia la reducción de los mismos. El compromiso es el componente que agrega valor a los anteriores ítems. Sin él no se logran soluciones a largo plazo porque los procesos que se necesitan generar, no se sostendrían.

En conclusión, que este fin del mundo traiga como consecuencia nuestro involucramiento activo desde nuestra posición en la sociedad, que nos acerquemos a conocer las causas de los problemas y que busquemos e implementemos sus soluciones. Que pasemos de ser como decía Zygmunt Bauman “activistas de sofá”, desde donde disparamos a diestra y siniestra con los pulgares sobre los móviles, o cualquier artilugio electrónico con acceso a internet, a ser seres humanos comprometidos con nosotros mismos, con el entorno y con nuestra humanidad. A comprender, como leí por algún lugar, que “el cambio es una puerta que se abre desde adentro”.

Foto portada: EL UNIVERSAL.

Foto texto: El Poder Televisión.

VOLVER A LISTADO
Más opiniones de

Valeria Maurizi

Valeria es politóloga, especialista en gestión y comunicación de riesgos de desastres. @valemaurizi

Christian Andres Gonzales Calla

Politólogo.

Más opiniones deste autor