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La violencia invisible del ‘soft power’: una crítica a Joseph Nye

El filósofo y poeta alemán Friedrich von Schiller consideraba el poder como “la retórica más persuasiva”. En línea con la tradición del idealismo alemán, a través de trágicas representaciones de tiranos y déspotas, Schiller sublimaba la estética del poder, junto a los efectos (co)laterales de la avidez y la hybris que llevan al hombre hacia una ascensión irresistible y, en ocasiones, hacia la ruina. El poder es, entonces, un relato seductor. Aún así, también el discurso seductor es poder. Se trata, en fin, de un asunto que, en la tradición del pensamiento occidental, se remonta al menos a la escuela de los filósofos sofistas en la Grecia de la mitad del V siglo a.C. y, en distintos modos, ha sido revisado por la tradición realista, por aquella marxista y por la post-estructuralista.

La redefinición original de este asunto en clave neoliberal, elaborada por Joseph S. Nye Jr. primero en un artículo publicado en 1990 en Foreign Policy y luego en el exitoso libro del 2004 (‘Soft Power: the Means to Success in World Politics’) introdujo asimismo, en el sinfín de los conceptos más asimilados y dados por sentado, aquel de “soft power”. Con la intención explícita de corregir la visión realista del poder y de la potencia en política internacional, Nye sostiene que un relato seductor, capaz de cooptar y condicionar el comportamiento de otros, gracias a la capacidad económica y financiera para difundirlo y hacerlo circular lo más posible, no sólo representa la clave del “éxito” sino también debiera llevar a revisar radicalmente la naturaleza misma del ejercicio del poder. Mientras todos tenemos una cierta familiaridad con el poder brutal y coercitivo -sostiene Nye-, somos poco proclives a considerar su versión “soft”: a diferencia del poder “hard” que se basa en la capacidad de modificar “aquello que los demás hacen”, el poder “soft” tendría la capacidad de modificar “aquello que los demás quieren”. El hilo conductor que une los varios estadios en el desarrollo de la tesis de Nye es “la atracción”: la capacidad de seducir a través de la producción cultural y cinematográfica, las universidades, la innovación, la tecnología, el estilo de vida -o sea, el discurso acerca de un modelo cultural que atraiga y seduzca a los demás, llevándolos a desear ser como tu-, invirtiendo el consejo de Maquiavelo al Príncipe -a amarte más que a temerte.

Es difícil no observar cómo, en la argumentación de Nye, existe en realidad una exaltación de la hegemonía estadounidense en el mundo, incluso si en realidad el término “hegemonía” aparece solamente tres veces en el libro del 2004. En su primera aparición (página 4), el estudioso muestra una cierta reticencia a usar el concepto de hegemonía para describir a los Estados Unidos. Aún reconociendo algunos aspectos hegemónicos del rol de este país, para Nye el mundo muestra una naturaleza multipolar al menos en algunos ámbitos, como el del comercio internacional. Luego, en la página 63, Nye escribe que, dada la bondad de las intenciones estadounidenses, el país ostenta una “hegemonía benevolente”; por último, en su tercera aparición (página 137), el relato gira alrededor de cuánto han contribuido los aliados a preservar la hegemonía estadounidense en el mundo: “la popularidad contribuye a la estabilidad”, escribe el académico de Harvard. 

Si el término “hegemonía” no termina de convencer del todo a Nye, es curioso de todos modos que el teórico del “soft power” desarrolle su tesis sin citar nunca ni confrontarse con Antonio Gramsci y su noción de “hegemonía cultural”, que ha tenido un mayor éxito entre los teóricos de la política internacional. Con este concepto, desarrollado en los “Cuadernos de la Cárcel”, Gramsci definía el conjunto de medios que el poder utiliza para imponer una guía intelectual y una dominación cultural. Gramsci es sensible a la cuestión del lenguaje y, aún más, a la ilusión de la neutralidad del lenguaje: éste es, por su naturaleza, engañoso y sirve para ilustrar la realidad en un cierto modo, para plasmar una “cierta” moral, a compartirla y a insinuarla más que a imponerla. Es aquí que el intelectual de los Cuadernos identifica la llave a través de la cual los “grupos dirigentes” establecen “relaciones íntimas” con las “masas populares”. En el reconocimiento de la existencia de una forma de dominación no directa (o no violenta), pero de dominación mediante la persuasión y la seducción de un relato, la anatomía del poder de Gramsci no hace concesiones a su brutalidad. El poder cultural e intelectual es un instrumento esencial e imprescindible para la estabilidad de un sistema de poder. Pero aquel que es sujeto a él es un “agente” ilusorio: para retomar la reflexión de Michel Foucault, sumamente deudora del concepto gramsciano de hegemonía cultural, se trata de un “cuerpo dócil” y maleable justamente porque es esencialmente “sujeto”. 

Es en este punto de la reflexión que Gramsci y Nye se diferencian. Para el estudioso de Harvard (que fue, y es esencial recordarlo, funcionario de la administración estadounidense durante las presidencias de Clinton y Obama) el poder, cuando es “soft”, muestra también su presunta naturaleza benigna y agraciada. El vicio de perspectiva de quien mira al mundo desde el centro del Imperio o desde dentro de la máquina del poder imperial no puede ser liquidado velozmente. Aún reconociendo la importancia de los recursos económicos y militares (“hard”) para la proyección del “soft power”, a Nye se le dificulta reconocer cuánto aquellos mismos recursos sirven paralelamente para aniquilar y aplastar sistemas culturales y morales alternativos. Por ejemplo, detrás del mito de la atracción del modelo de libre mercado se oculta la brutalidad con la que este modelo económico terminó por redefinir las estructuras de la producción industrial y agrícola de otras áreas del mundo, generando consecuencias devastadoras para los sistemas sociales e incluso para las reales oportunidades económicas que puedan generar hoy en día estos sistemas para sus propios ciudadanos.

El sistema cultural y tecnológico estadounidense produjo, sin dudas, innovaciones y debates de gran valor, pero es justamente su naturaleza empresarial y su capacidad -meramente económica y financiera- de crear una marca inalcanzable lo que hace que la creatividad sea reconocida como tal sólo si se desarrolla dentro de aquel sistema. Si lo hace en otro lugar, no se la valora. Las ideas que no son relatadas desde el centro del Imperio pierden su estatus de ideas.   

Aquí se encierra la violencia invisible del “soft power” estadounidense que Nye hace desaparecer del todo en su célebre tesis: en primer lugar, si el poder “soft” se resuelve en la cooptación, los recursos del poder sirven también para comprar y apropiarse de las ideas de la periferia, volviéndolas parte y emanación del poder mismo. En segundo lugar -y crucialmente- el poder material y militar logra aniquilar las proyecciones y los espacios culturales alternativos, aislándolos políticamente a través de sanciones económicas, embargos o intervenciones militares -estigmatizándolos contemporáneamente mediante un discurso hegemónico (los “Estados canalla”, el “eje del mal”, etc.)- que es ni más ni menos que la reproducción de las jerarquías internacionales más brutales. La capacidad de atracción, en definitiva, es también, y sobre todo, la capacidad de generar repulsión hacia los enemigos, de condenarlos moralmente sin que estos tengan una posibilidad material de réplica.  

Es así que el poder de un relato seductor y el discurso seductor del poder -el atractivo de la dominación- terminan por fusionarse. El “soft power” concebido como paralelo al “hard power” es, en realidad, simplemente la forma invisible del poder brutal que llega allí donde la materialidad de la violencia no puede llegar. En su preocupación de distanciarse del esencialismo realista del poder en su forma más brutal, Joseph S. Nye cae en el esencialismo del mito de un poder benigno: la alimentación de una “gimnasia de la obediencia” -para decirlo en términos de Fabrizio De André, que ahí veía un camino de emancipación intelectual tan largo al menos como aquel que nos lleva a no entender (más) que “no hay poderes buenos”.

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* Este artículo fue originalmente publicado aquí

* Traducción: Ignacio F. Lara

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Marina Calculli

Marina Calculli es investigadora Fulbright en el Institute for Middle Eastern Studies, Elliott School of International Affairs de la George Washington University. Ha hecho investigación en la Universidad Ca' Foscari de Venezia, la Universidad de Oxford y en la American University of Beirut. Se ocupa de seguridad, violencia política y actores no estatales en Medio Oriente, en particular en Líbano y Siria. @marinacalculli

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Politólogo.

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