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La comprensión de la dictadura

El gran Fidel finalmente está muerto. Después de tantos anuncios, año tras año. “Ahora sí”, “por fin ha caído”, “ahora ha muerto”. Y él seguía vivo. Cientos de intentos de asesinato, todas las plagas y maldiciones, y nada. Tanto odio generado en contra él, que, armado con un rifle y  el sueño de Martí, llevó al pueblo cubano en el curso de su libertad. "Un sangriento dictador", insisten sus enemigos. Pues hay que discutir este término: dictador. Él, que no lo era.

Con un pequeño estudio sobre el tema y veremos que sería más acertado hablar de dictaduras, no dictadores. Porque, de hecho, cualquier persona que gobierna un país es, de hecho, un dictador. En cualquier lugar que no sea Cuba, los presidentes son los máximos representantes de una dictadura de clase. ¿Y cuál es la clase que domina todos estos países?: la clase burguesa, la  que mantiene el control del capital, la que concentra los medios de producción. Los dueños de los bancos, los propietarios de las industrias, los propietarios de tierras. En resumen: los ricos. En números, los que representan el 1% de la población. Vean bien esto: el 1% de los casi siete mil millones de seres humanos.

Al respecto, basta observar las elecciones en todos los países en la tierra, en los lugares que se llaman "democráticos". Lo que manda es el capital, el dinero, el poder de la gente adinerada. Por lo tanto, bajo la dominación económica, que ellos llaman "democracia", pasan a perpetuar la dictadura de una clase sobre otra. ¿Y qué es la dictadura? Se trata de un régimen antidemocrático en el que no hay participación popular. Pues así es en la mayoría de los países. ¿Cómo la población participa? Puede votar cada dos años, y ahí termna. Eso es lo que caracteriza la democracia burguesa. La ilusión de la votación. ¿Y dar su voto a quién? A los que representan el poder del capital. Basta echar un vistazo al Congreso Nacional en Brasil. Predominan los que defienden los intereses de la banca, de los hacendados, de las iglesias pentecostales, de los industriales. Los que representan los trabajadores –que son la mayoría de la población– no pasan de 50 personas entre 500 diputados. La dictadura del capital. Dictadura sí. Un régimen en lo cual la población no puede garantizar sus deseos.

Pero ¿por qué es que la televisión no está gritando a los cuatro vientos que vivimos en una dictadura del capital? En la dictadura de una clase –los ricos– sobre la mayoría de la gente? Porque si lo hicieran estarían diciendo una verdad incómoda.

El gran periodista y economista alemán Karl Marx entendió esto muy bien y ha escrito muchos libros que muestran –con amplia documentación de apoyo– cómo sucede. Cómo una clase en particular, a través de extrema violencia, muertes, asesinatos, torturas y todo, trata de controlar el mundo. Ni siquiera se necesita leer todo “El Capital”. Basta la lectura de las 50 páginas del capítulo 23 sobre la acumulación primitiva, en la que Marx muestra cómo fue el inicio del sistema capitalista. Con millones de personas forzadas a salir del campo y colocadas en las fábricas, para morir a causa de exceso de trabajo, incluidas las mujeres y los niños. Crueldad alta y extrema.

Luego, con la consolidación del sistema, el modelo del mundo se hizo muy simple: una pequeña proporción –1%– tomando para sí la tierra y los medios de producción, mientras que el 99% restante se quedaban sólo con sus cuerpos, de lo cual venden la fuerza, únicamente la fuerza. En otras palabras, los trabajadores son, pues, una especie de arrendamiento. Se alquilan su fuerza de trabajo a cambio de un salario que, en la mayoría de los casos, ni siquiera garantiza la subsistencia. Y todo esto ¿no es violencia? ¿No es sangrienta?

¿No parece horrible que una persona tiene que morir porque no tienen dinero para comprar la medicina? ¿No es reprobable que un niño permanezca en la ignorancia porque no tiene dinero para pagar por su educación? ¿O que alguien se muera en la calle porque no puede pagar el alquiler? ¿Será verdad que eso ocurre porque la persona no se ha esforzado el suficiente?

Sabemos que sólo el trabajo humano crea valor y riqueza. Esto significa que estos 99% son los que garantizan la producción de todo lo que se utiliza en el mundo. Luego, sería más que justo que éstos 99% también aprovechasen las cosas que crean. Pero no es lo que sucede. Ese 1% que posee los medios de producción es el que se queda con toda la riqueza. Para el 99% se da sólo los salarios, muy poco, sin correspondencia con toda la riqueza que producen. ¡Eso sí, es, de hecho, sangriento! Sobre esto deberían hablar los periodistas, historiadores, los que forman la opinión pública. ¿Y por qué no hablan? Debido a que está prohibido decir la verdad y los siervos voluntarios lo cumplen.

De los miles de comentarios odiosos sobre la muerte de Fidel, uno de ellos me llamó la atención: "Para ti sólo es hermoso la dictadura de la izquierda." Yo digo que sí. La dictadura tiene que ser calificada, así como la democracia. Tenemos la democracia liberal, la democracia burguesa, la democracia representativa, la democracia participativa. Cada una de estas formas de democracia ofrece un poco más o un poco menos de la participación de las personas en el ámbito del poder. Pero una cosa es cierta. En esa democracia, no es el 99% de la población quien dicta las reglas. No son ellos los que hacen las leyes, no son los que deciden sobre los principales problemas nacionales. ¿Y por qué? Porque la democracia es nombre de fantasía para la dictadura del capital. Quien comanda, de hecho, es aquel 1%.

Cuba, cuando hizo su revolución, era un país como cualquier otro, bajo la dictadura del capital. Patio trasero de los Estados Unidos, donde los ricos se iban a jugar, beber y tener sexo. A la gente solo le quedaba el duro trabajo en las plantaciones de frutales y tabaco. Nada les era concedido a no ser el derecho a morir lentamente mientras servían a las tablas del 1%. Fue cuando llegaron los rebeldes en el pequeño bote Granma. No eran héroes, sólo hombres y mujeres que encarnaban el deseo que ya existía, latente, en la población: la voluntad de ser libres, para construir otra manera de estar en el mundo, en el que el 99% tendría realmente voz y oportunidades. Así que la revolución fue victoriosa, porque estaba hecha, en carne, en las personas.

Y lo que vino después fue el intento de construcción de lo que Marx llamó la dictadura del proletariado. Es decir, un sistema de gobierno en que el poder está en manos del 99%, no sólo el 1%. Vean, analicen fríamente, con la lógica: la dictadura del proletariado es la democracia real, ya que, de hecho, representa la mayoría de la gente. Fue así que se hizo la formación de la Cuba de los cubanos. No es solo la Cuba del Che,  o Fidel, o Raúl, o Celia. No. Es la Cuba de los cubanos. Son el 99% que definen la vida. Es sólo estudiar sin pre-conceptos la forma en que se dan las decisiones sobre la vida en ese país.

¿Es el sistema perfecto? ¡Claro que no! Sobre todo si tenemos en cuenta que los cubanos emprendieron esta aventura de convertir el péndulo prácticamente solos. Es imposible construir el comunismo en un solo país. Después de todo, la isla está rodeada por el capitalismo en todas partes y tiene también sus limitaciones internas. Sin embargo, esta gente  valiente ha logrado avanzar lo suficiente. Todos tienen acceso a la educación, la salud, el arte, el ocio, la fiesta. La riqueza generada en Cuba –por pequeña que sea– se divide entre todos. No hay un 1% que se apropia de todo sin producir nada.  Es por eso que  los medios de comunicación comercial, del mundo capitalista, necesitan demonizar el país, sus líderes, sus gentes. ¿Por qué la dictadura cubana se muestra como algo malo? Pues, imagínese dar a conocer al mundo que en esa pequeña isla, el “jefe” es la mayoría. Ya no es el 99%, son el 100% caminando juntos, frente a la escasez y la abundancia, hombro con hombro.

Como explica Lenin, la dictadura del proletariado es un tiempo de transición al comunismo, el momento en que no habrá más clases. Es cuando el 99% asume el control, de hecho, para garantizar que el 1% restante, o se adapte a la nueva situación, o siga para Miami o a cualquier otro lugar de su elección. Por supuesto, esto a su vez no sucede en paz. Es también un resurgimiento violento, como lo fue cuando el 1% decidió apropiarse de todas las riquezas. Así que no vengan a los gritos de "sediento de sangre, sediento de sangre", sólo para Fidel. La violencia es la partera de la historia, ha mostrado –con suficientes evidencias– el alemán Karl Max.

Cuba hizo su revolución, es una gente armada y alerta que vive bajo amenazas y ataques sistemáticos. Su pueblo ha tomado una decisión, para garantizar al 99% el derecho a tener la vida y la historia. Fidel era uno de los muchos hijos de esta isla que puso su vida a disposición de la construcción de esta realidad. Fue un líder querido, incluso por su capacidad de, además de ser parte del 1%, optar por unirse al 99%. Con ellos cambió el rostro de Cuba, de América Latina y del mundo. Y por más que unos le griten "sangriento, sangriento," aquellos que tuvieron la alegría de compartir su vida y su justicia con el proyecto comunista siguen y seguirán reverenciando su memoria.

Ahora, cremado, hecho cenizas, Fidel seguirá siendo lo que siempre fue. Una parte amorosa de eso hermoso y gran país. Cuba.

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Elaine Tavares

Periodista del Instituto de Estudios Latinoamericanos/UFSC | Tw: @eteia

Christian Andres Gonzales Calla

Politólogo.

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