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Golpes y contragolpes en Brasil 2016

Por fin, parece que el debate político en Brasil – luego de varios meses de disputas sobre la narrativa del “golpe”, en el contexto de la aguda crisis institucional, económica y de representación que arrastra de manera tragadora, desde febrero, todo el diseño del sistema institucional y del famoso (o mal famado) equilibrio de poderes de la república – va alcanzando otro nivel.

Las crisis que asolan Brasil hoy tienen diversos orígenes, pero en términos directamente relacionados a la institucionalidad brasileña es fácil comprender que tiene centralidad las distorsiones de las alianzas para las elecciones llamadas “proporcionales”. Es decir, elecciones para el poder legislativo en sus diversos niveles (municipales, estaduales, federales) que, en un sistema de presidencialismo de coalición, aliado a las reglas nacionales (raras y distorsionadas) que permiten financiación privada a los comicios (dando brecha para varias donaciones ilegales por parte de empresas) ha generado un Congreso con un perfil incompatible con el programa elegido en 2014, de la presidenta suspendida, Dilma Roussef, del Partido de los Trabajadores (PT).

El actual congreso de diputados federales de Brasil, en el 17 de abril de este año, ha avergonzado mundialmente la nación cuando aprobó el seguimiento del proceso de impeachment de Dilma, pese la inexistencia de base legal para la decisión, en una votación con cara de espectáculo de circo de horrores, sin argumentación política y enseñándose patético, frágil y caracterizado por un fundamentalismo extremadamente conservador. En el 12 de mayo el Senado confirmó la decisión, que sigue generando profundas divisiones en el país, y aún más confusiones y decepciones, pero también, en un margen de esperanza, cuestionamientos profundos sobre todo el sistema político del país, expreso en el debate sobre la posibilidad de un plebiscito para establecer elecciones anticipadas generales.

Pensar más allá del regreso: un comienzo

La mayoría de la crítica a la izquierda al gobierno brasileño lamenta las malicias y perversidades del proceso político tal como está siendo conducido en el país hoy, y denuncia los riesgos y certezas del abominable gobierno interino de Michel Temer (PMDB), el vice de Dilma que la sustituye.

La mayoría de los miembros del gobierno Temer está profundamente asociada a denuncia de financiaciones ilegales para comicios electorales, y a la corrupción, conforme lo investigado por la operación “Lava jato”. Aun así, el presidente interno se comporta como se hubiera asumido el Ejecutivo Federal para promover una completa alteración de la agenda de gobierno que fue aprobada en 2014. Su continuidad en la presidencia de la republica va a macular profundamente la historia de la democracia brasileña.

Sin embargo, el tiempo que durará este gobierno provisional de Temer, no en vano tildado de conspirador, sin lastro ni apoyo social, ya no es la llave del debate político en Brasil de ahora en adelante. El “Fora Temer”, ya no es suficiente. El presidente provisional es un personaje secundario en el escenario político caótico que ha conducido el golpe. El regreso de Dilma al gobierno tampoco es garantía de capacidad de gobernar, dado que hay una naturaleza congresual del impeachment, y un fuerte conflicto entre los tres poderes republicanos brasileños.

¿Cuáles son los institutos legales capaces de romper con los impases entre el Ejecutivo y el Legislativo?

El proceso para un contragolpe

Una de las soluciones institucionales posibles en este momento es la convocatoria de un plebiscito para promover el compromiso por elecciones generales anticipadas.

Sin embargo esta alternativa apenas puede ser justificada si se la entiende como una oportunidad, histórica en muchos sentidos, no apenas para evitar un Estado policial y retrogrado, sino también para rediscutirse los sentidos de democracia y el conjunto del espacio institucional brasileño, pensando en una reforma política radical.

Gran parte de la población (62%, según encuestas del Instituto Brasileiro de Pesquisa de Opinião) defienden nuevas elecciones presidenciales anticipadas, y movimientos sociales y parlamentares pueden unirse alrededor de esa propuesta, lo que configuraría una clase de nueva versión de las “Diretas Já” – en analogía a la mayor campaña política de masa nacional, en el comienzo de los años 1980, que pedía elecciones generales como marco del fin de la dictadura militar que se arrastraba desde 1964.

El PT, dividido, posee sectores que entienden que esta es la mejor alternativa para atraer los votos en el Senado (que deberá votar el proceso de impeachment de Dilma en el mes de agosto) de los congresistas molestos con la voracidad del gobierno interino de Temer, pero que a la vez no estarían dispuestos a reconducir a Dilma a su cargo sin una contrapartida. Esto podría ser acordado si la presidenta impedida estableciera el compromiso por elecciones generales.

Sin embargo, otros sectores petistas piensan que es mejor la narrativa del golpe vencer, esto es, dejar Dilma incinerarse de vez para que se pueda trabajar con el nombre de Lula en la esperanza de traérselo al poder lo más breve posible.

El más grande espacio sindical y movimiento social de Brasil, la CUT y el MST, respectivamente, no están convencidos. Las dos organizaciones, sin embargo, podrían asumir el plebiscito si a consulta tuviera el compromiso de una convocatoria de una Asamblea Constituyente Exclusiva para, entre otros puntos, promover la reforma política, debatida en Brasil hace años.

Delante de estos escenarios, parece haber sido dada la necesidad y la oportunidad de organizarse un contragolpe, es decir, debatir y movilizar por elecciones generales anticipadas en octubre.

Disputas discursivas

El debate de la polémica propuesta pasa por tener presente que existe aún una tremenda disputa discursiva – no apenas entre rivales de los grupos de derecha, sino entre grupos de actores políticos de la izquierda en Brasil – sobre los sentidos del vocablo “golpe”, y la imperiosidad de establecerse el discurso del “contragolpe”.

Petistas han basado toda su estrategia de lucha contra el impeachment de Dilma en el uso de ese término, fuerte lo suficiente para movilizar grandes parcelas de una izquierda fragmentada hace más de 30 años, en una coyuntura completamente desfavorable, buscando, sin embargo, también respaldar un gobierno de un partido que – no de ahora, pero con particular limitación en el segundo mandato de Dilma – se volvió políticamente indefensable.

“Golpe”, sin embargo, cuando remetido a 1964, principalmente por petistas y simpatizantes, busca un fetiche simbólico al intentar extraer una parte de su fuerza discursiva de la historia. No obstante resulta evidente que mismo los petistas más fervorosos bien saben que lo que está ocurriendo hoy en Brasil no se trata de golpe en aquellos términos strictu sensu.

Los que están en el campo de izquierda y rechazan la narrativa del golpe en la forma como los petistas la conforman, entre tanto, no están únicamente a servicio de una adecuación conceptual o histórica, pero también buscan marcar posición y distancia de los gobiernos lulo-petistas y de los modelos neodesarrollistas, y en algunos casos hasta incluye disputa político-electoral propiamente, considerando las posiciones de una importante y seria parte de esta izquierda, de partidos o no, que coinciden que es tiempo de superar el PT.

Hay tanta coherencia cuanto intransigencia entre los que niegan la narrativa “no al golpe” porque quieren denunciar que el lulo-petismo no merece “gozar” del momento como si fuera, simple y puramente, una fuerza progresista siendo atacada por fuerzas malévolas de la derecha, tal cual el gobierno de João Goulart, en los años 60 del siglo pasado.

Pero si fuéramos obligados a lidiar con taxonomías (y parece que ya lo somos), aún sería sensato reunirse entre los que utilizan la palabra golpe para describir lo que se oficializó el 12 de mayo en Brasil, con la ciencia de que se enfrenta un debate semántico motivado por la actual y virtual banalización del vocablo. Porque, concordando con el filósofo político Rodrigo Nunes, frente la urgencia de la situación hoy, “quizás todavía no tengamos banalizado la palabra lo suficiente”.

Y, entonces, ¿qué democracia?

La democracia – este significante vacío, en términos laclaunianos – es otro término superutilizado y poco definido. Hay mucha bulla y acción alrededor del “golpe”, y poca formación sobre lo que es y lo que se puede querer de la democracia, pese ser constantemente convocada durante este terremoto político-institucional en Brasil. Falta comprender y visualizar más la oportunidad, en esta turbulenta coyuntura, de construcción de otras formas de quehacer política alrededor del debate sobre un nuevo proyecto de nación.

Elecciones generales anticipadas se trata de un espacio singular para pensar la democracia, para fuerzas políticas de izquierda ejercitaren su imaginación política y su capacidad propositiva.

Elecciones generales en Brasil en octubre de este año, como una potencial y factible forma de movilización de las izquierdas, es, entonces, una propuesta de contragolpe, sí, que exigirá poderosas movilizaciones populares para que haya oportunidad de ser aprobada en todos esos ritos institucionales del Congreso, y generaría un período intenso de debate político en el país, fundamental y determinante para la reorganización del tejido sociopolítico nacional.

Petistas y simpatizantes de Dilma, en lugar de insistir en el grito, ya debilitándose, sobre las operaciones del impeachment como un atentado al Estado democrático de derecho – que de hecho es un horizonte de funcionamiento institucional que nunca se practicó más que esporádicamente en Brasil – tal vez tuvieran más resonancia y algo de políticamente liberador a esta altura si asumieran en definitiva las elecciones anticipadas como un contragolpe para tensionar los límites de esa institucionalidad que, al fin y al cabo, tanto critican y en la cual sucumbieron.

Lo que más importa es comprender que está en curso un proceso que permite el cuestionamiento de todo el diseño institucional brasileño, tal cual lo conocemos hoy. Si los brasileños no se hacen capaces de contestar esta crisis en nivel de radicalidad que ella requiere, estaremos sujetos a retrocesos de derechos mucho más amenazantes que un gobierno vacilante, como ha sido lo de Dilma.

En el actual colapso de la política institucional ya no sirven únicamente las consignas “Fora Temer” o “Volta Dilma”. Habrá que enfrentarse en definitiva el reto de una reforma política radical.

Si el estado de la excepción ya se convirtió en regla, entonces no tiene sentido seguir gritando “¡ahí viene el lobo!”. Esa bestia ya ha devorado gran parte de la aldea hace mucho y nos toca reconocer que, aquello que queda de ella para salvar, no deberá seguir existiendo en la misma forma que permitió el intento de conciliación inviable entre fieras y hombres, dando espacio para que pierdas irremediables ocurriesen. El pasado no puede ser cambiado, el futuro, sí.

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Aleksander Aguilar

periodista, lingüista, y doctorando en Ciencias Políticas. Coordina la red-plataforma O ISTMO www.oistmo.com

Christian Andres Gonzales Calla

Politólogo.

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