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Falsos Positivos III. Sierra Nevada de Santa Marta –Colombia-

No debería estar escribiendo más sobre conflicto (pasado, presente y futuro): fue la dura advertencia que recibí en días pasados a través de mensajes de textos a mi número personal de teléfono. Busqué ayuda con las autoridades (silencio total). Entendí como la vida puede ser un trasegar y sentí pena ajena. Siguen siendo días acérrimos. Reconozco que soy un ser humano adusto y huraño, pero valoro positivamente las muestras de solidaridad que he recibido.

No tengo interés por lo sacro. Tampoco quiero morir y, recuerdo las palabras de Bolívar, en su última proclama de 1830: He sido víctima de mis perseguidores, que me han conducido a las puertas del sepulcro. También me uno a las de Ernesto Sábado y hago remembranza a los 70 años de su maravillosa obra literaria: en todo caso había un solo túnel, oscuro y solitario: el mío. Incluso en esos momentos que uno puede llamar de cavilación, repaso a  Christopher Hitchens, y su lucha por la muerte, a la que decidió enfrentar mirándola de frente y en las que surgieron interpelaciones importantes y respuestas inesperadas: a la pregunta estúpida de ¿Por qué yo? el cosmos apenas se molesta en responder ¿Por qué no?

El fin de semana pasó un hecho curioso. Digo curioso porque soy abstemio, ateo y soltero; es decir: no hay divinidad, alcohol y enajenación, en mis actuaciones y decisiones. Me dispuse a entregar una finca (que era de mi mamá) a un dueño. Finca que hacía más de 15 años no iba y en teoría recordaba los linderos. La montaña creció a pasos agigantados y no fue posible dar con el objetivo. A duras penas llegamos donde anteriormente estaba la casa que la montaña devoró. Esa noche me quedé ahí, junto a dos personas más que iban conmigo.

Armamos hamacas; un cambuche improvisado y a dormir. Cerca de las 10 de la noche, todavía despiertos, escuchamos voces; eran dos niños jugando. Se sentían ondas con claridad. La casa más cercana está a 2 horas de camino y volvió el pánico. -Seguro aquí mataron a esos niños y están penando, decía uno de ellos-. -No, esos son unos niños indígenas que se perdieron hace muchos años, la Patasola se los llevó-.

Cualquiera de las dos a mí me parecía trágica y en medio del susto, la humedad, la oscuridad y el miedo a ser atacado por algún animal, cerré los ojos y me dormí. Muy temprano me levantó el canto de los pájaros y me fui inmediatamente hasta donde escuché las voces, porque para Maquiavelo, los fantasmas asustan más de lejos que de cerca y aunque carezco de valentía, el día es día. Encontré huellas pequeñas de felinos. Eran gatos montunos. Pero enfrenté el miedo con decisión.

Siendo consciente de mis limitaciones y de la falta de Estado, recordé el Título 1 y en él, el Artículo 1, de nuestra Carta Magna: Las autoridades de la República están instituidas para proteger a todas las personas residentes en Colombia, en su vida, honra, bienes, creencias, y demás derechos y libertades… Me dispongo a seguir escribiendo sobre eso que tanto molestó: los falsos positivos y el paramilitarismo y lo hago porque realmente es una vergüenza, junto a todos los hechos acontecidos en este lado de la montaña (distrito de Santa Marta: solo una ciudad) y no es que quiera sacrificarme, ni como dijo Dmitri Serguéievich, en el Romance de Leonardo, cuando le preguntaban por qué se arruinaba y se exponía a tantos tormentos y peligros y él respondía siempre las mismas palabras. Quiero resucitar a los muertos. Mi papel es poner la voz del que no está y no puede hablar.

Y es que hay que ver la ignominia: entre 1980 y 2015, los ejércitos totalitarios, según cifras del Observatorio de Memoría y Conflicto, asesinaron a 2291 personas. 2291 sin contar 2016, 2017 y lo que va corrido de 2018. De esos 2291, a 48 los asesinó la guerrilla, 1575 los grupos paramilitares y otros 325 entre, el Estado (falsos positivos y aparecen nombres como DAS., Policía y Ejército) y las Bandas Criminales. Violencia sexual: 285 casos, de los cuales 103 –casi la mitad- son atribuidas a una sola persona; masacres, 185 y desaparición forzada, con 1303 casos. 630 todavía siguen desaparecidos. En una ciudad que según el Dane (Departamento Nacional de Estadística), es de 507234 habitantes, con datos estadísticos de proyección poblacional 2018 y que llegó a estar (hasta 2014) dentro del Ranking de las 50 ciudades más peligrosas del mundo. Ocupó el puesto 29.

Hay algo que no gusta en estos números. A propósito Eduardo Galeano, en las Venas Abiertas de América Latina, afirma: nunca hubo tanta concentración de recursos económicos y de conocimientos científicos y tecnológicos dedicados a la producción de muerte y en esto, el gobierno que ahora nos dirige, hace sus movimientos. Para el 2018, el sector “defensa” recibió 28.6 billones de pesos. Este gobierno empieza la pugna pidiendo aprobación de 33.6, para 2019; es decir: hay un aumento significativo. Eso es muchísima plata en producción de muerte, heridos, viudas y demás daños colaterales que trae la guerra. Claramente no hay una preparación para fortalecer la paz sino para potencializar la guerra. Un billón de pesos en Colombia y esto es populismo de los más básicos y bajos, alcanza para dar tres comidas diarias, durante una semana a los más de 50 millones de colombianos.

 

Y por supuesto, surge el temor natural al empoderamiento bélico que trajo actuaciones como la que a continuación se describe.   

 

Eran como las 10 de la mañana y yo bajaba de San Pedro, por allá más abajo de la vuelta del Burro, me encontré con el Ejército, llevaban un tipo vestido de camuflado, amarrado y con un pasamontañas que le tapaba toda la cabeza. Solo los huequitos de los ojos. Yo me bajé en el Mico para esperar a que pasaran y al momentico pasaron, eran como 12 soldados y lo llevaban en el medio. Entre la gente que los saludaron y les preguntaban cosas, el tipo me miraba y se me acercó y me tocó el hombro: me llamó por mi nombre, pero era una voz rara, sentida, como si llevara un peso, era una voz que yo no pude entender ni reconocer. Estaba cargada como de miedo, sentimiento, como entre llorosa. El tipo sollozaba y quería como decirme algo, como sacar algo de lo más profundo. Lo empujaron y lo echaron para adelante. Yo me quedé ahí esperando a que se fueran y uno con la intriga porque él me conocía y quería como decirme algo, como pedirme ayuda, sollozaba.

Al momentico, la plomacera. Yo me quedé ahí como una hora más y después seguí y como a tres vueltas abajo del Mico, estaba el tipo tirado. Sin las manos amarradas y con una escopeta vieja al lado y en todas partes el Ejército. Ha de creer que lo mataron y él quería decirme algo, seguro eso, que lo salvara, que lo ayudara, él sabía que lo iban a matar. Pero uno ¿qué podía hacer ahí?

Después vi las noticias: guerrillero muerto en combate con el Ejército y estaba la foto del muchacho. Nunca le quitaron, ni en la foto el pasamontañas y no supimos quién fue el muerto y pues uno tampoco preguntaba porque sabía lo que le pasaba y eso de desaparecer personas era el pan de cada día. Y cuando pasé me miraban como queriendo decir: cuidado dice algo, porque lo hicieron fue de frente, no había vergüenza, ni pudor para matar.

Entonces, claro, compañías como la Halcón del batallón Córdova; la Cascabel del batallón Contraguerrilla 2 Los Guajiros; entre otras más y de otros batallones como la Popa, encontraron en esta directiva la posibilidad de asensos, permisos, bonificaciones y condecoraciones. Las veces en que he ido a hacer trabajo de campo –luego de generar confianza entre los entrevistados- pregunto ¿ustedes conocen bien a todos sus vecinos, no me de nombres, solo dígame cuántos eran realmente guerrilleros? La respuesta no varía. De 10, 1. ¿Entonces, de dónde salió tanto muerto?  Y la respuesta más recurrente: de los paramilitares y el Estado, que se dedicaron a matar campesinos y gente inocente.

¿Cuántos años podía tener ese muchacho? No sé: póngale 16 o 17. Yo le dije: no vaya a raspar hoy porque por ahí me dijeron que subió el Ejército. Mi finca estaba por quebrada la Negra, cerca del caserío indígena de Kemakumake, donde el Mamo, Ramón Gil. Tenía unos cultivos de coca y ese muchacho me lo encontré en el pueblo, venía de María la Baja (Bolívar) y me pidió trabajo. Me lo traje, porque iba a coger una hojita. El pelao se fue, temprano, como a las 6 de la mañana y a las 8, como no bajaba, me dispuse a llevarle el desayuno. Desde un claro vi al Ejército y dije, ¡Mierda! lo cogieron. Y me quedé ahí escondido viendo. Cuando de pronto, uno de ellos le puso el fusil en el pecho y tenga, tres tiros a mansalva. Lo tenían arrodillado. Al momentico, la plomacera a la montaña, esas balas cortaban ramas.

Al momentico, la casa rodeada, ¡Somos el Ejército Nacional, salgan con las manos arriba! Yo pensé entre mí, ¡Jueputa, nos mataron también! Pero no, ni a mí ni a mi mujer ni al niño, nos hicieron nada. Entraron a la casa por las cosas del muchacho, los papeles y la ropa y me dijeron: métale candela a eso y queme todo. Eso me dijo eso y ahí mismo corrí y le eche gasolina y ¡bum! Que pecado con ese muchacho, no merecía morir así, humillado y lleno de pánico. Pero eso así les pidiera uno que no los matara más rápido lo hacían. Eran como los paracos, humillaban y eso los hacía sentir grandes. Luego se me acercó uno y me dijo: viejo, deme tinto y lo reparé bien, mano. Fue el que le pegó los tiros al muchacho, no tendría ni 20 años. Dos pelaos que se jodieron la vida. Uno murió pero el otro se le veía en los ojos que también estaba muerto.

Mal haría en decir que todas las actuaciones del Ejército y de la Policía fueron o son malas y nocivas. Cumplen una función constitucional necesaria para el país. Pero en lo que concierne a su Mano Negra sí lo es y no hay justificación alguna para la infamia, ni para que siga operando. No es posible, que en Santa Marta, a la Policía Metropolitana le roben 234 armas, en 2016 y que estas, presuntamente regresaran a las manos de los paramilitares. No es posible que el comandante de su Sijin (seccional de investigación criminal) haya sido vinculado (en 2016) como cabeza de una Banda Criminal. Son actuaciones que simplemente no son posibles. No lo pueden ser.

No es posible que el director de Fiscalía del Magdalena, haga una rueda de presan para decir, que su fiscalía, la responsable de llevar a los sicarios a la cárcel, de 50, solo condenó a 1. Y tampoco es posible, que de las más de 200 capturas realizadas por concierto para delinquir a Bandas Criminales: Pachencas, Clan del Golfo y Oficina Caribe, ninguna haya llegado a una sentencia condenatoria y todos, después de entre 3 y 6 meses, estén nuevamente libres. Simplemente no es posible.     

Claramente no es un problema que se resuelve amenazando. Se resuelve revisando actuaciones, poniendo la cara y haciendo frente, respetando el derecho a la vida, a los Derechos Humanos y que prevalezca el respeto. Ese es el llamado, no mandando a robar computadores, ni amenazando líderes y pensadores.

 

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Lerber Lisandro Dimas Vásquez

Antropólogo, investigador del grupo de investigación Oraloteca de la Universidad del Magdalena. Con conocimiento sobre dinámicas, sociales, económicas, políticas y violentas en la Sierra Nevada de Santa Marta. Con amplio recorrido en temas de Justicia Trasicional, construcción de paz, crimen organizado y violencia urbana. Con conocimientos y trabajos en comunidades étnicas y campesinas. Defensor de Derechos Humanos y del medio ambiente | Twitter @lerberlisandro

Christian Andres Gonzales Calla

Politólogo.

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