CERRAR X

CONTÁCTENOS

Gracias! Nos pondremos en contacto.

Oops! Tente novamente

Espejo vivo. La comunicación política y el horizonte de la Singularidad

“Dios es aquello en que la mente se convierte cuando sobrepasa la escala de nuestra comprensión” –Freeman Dyson (1)

La proyección de los resultados electorales del peronismo en los últimos años en Argentina dan cuenta de un agotamiento no sólo de ciertos esquemas políticos sino, sobre todo, de los paradigmas cognitivos que los sustentan. Dado el estrecho vínculo que une al conocimiento con la comunicación en lo relativo a la construcción, reproducción y eventual disolución de un orden social, nos preguntamos si cabe analizar el fenómeno desde dicho clivaje, teniendo en cuenta las estimaciones de los tecnólogos más eminentes de la ciencia respecto al salto cualitativo inminente en la revolución tecnológica, que viene progresando de manera exponencial desde hace casi un siglo.  Algunos han dado en llamar este salto “la Singularidad”, aunque sus alcances y contenidos específicos están lejos de consensuarse.

Volviendo al plano político local, si tenemos en cuenta la proyección de votos donde el actual oficialismo aumenta de manera consistente, mientras que la principal fuerza política opositora decae –a pesar de sus no escasos recursos, esfuerzos y capital político–, nos parece que estas últimas PASO conforman un punto de inflexión y casi un síntoma de que asistimos al réquiem de la comunicación política tradicional. En efecto, las fuerzas nacionales y populares no logran revertir un discurso que conduce a una regresión en la conciencia colectiva, donde había alumbrado o vislumbrado un Pueblo (autoconsciente, resistente, crítico, heterogéneo, complejo, vivo y cambiante), ahora se vuelve el péndulo hacia la polaridad de Masa (acrítica, amorfa, homogénea, estanca, tendiente a la obediencia), funcional a un gobierno neoliberal.

En consonancia, el modelo tradicional de hacer política, modelo sincrético de varias tradiciones que en Argentina tuvo su melting pot y perfeccionamiento en el peronismo, se encuentra actualmente, de acuerdo con los principales analistas, en crisis. Esto abre una serie de interrogantes, desde luego; ¿se trata de únicamente de una crisis partidaria y/o identitaria? ¿O sería, mas bien, el sistema democrático en su conjunto el que estará pugnando por sobrevivir en una era de gestión de la información inédita en la historia? En este contexto, la comunicación política podría revelarse como la única herramienta pacífica capaz de sostener en el tiempo, y a través de los saltos tecnológicos inminentes, el ideal democrático en riesgo.

Psicopolítica y disonancia cognitiva

Si, tal como propone Byung-Chul Han, a la sociedad post-disciplinaria de la era digital le corresponde la psicopolítica como mecanismo de control y explotación, el sujeto que construye este modelo es el del "sujeto del rendimiento neoliberal, ese «empresario de sí mismo» [que] se explota de forma voluntaria y apasionada. El yo como obra de arte es una apariencia hermosa, engañosa, que el régimen neoliberal mantiene para poderlo explotar totalmente” (Han, 2014: 25). En efecto, se trata de un “esclavo absoluto” ya que permanece sujeto al goce y el confort mientras que al mismo tiempo ignora –alegremente, casi que deliberadamente– su condición de autoexplotado. "La técnica de poder del régimen neoliberal adopta una forma sutil. No se apodera directamente del individuo. Por el contrario, se ocupa de que el individuo actúe de tal modo que reproduzca por sí mismo el entramado de dominación que es interpretado por él como libertad. La propia optimización y el sometimiento, la libertad y la explotación coinciden aquí plenamente" (Han, 2014: 25).

En este ejercicio del “poder inteligente” (que no coerciona ni amenaza, sino que seduce y complace), el principio rector es el de la microdemagogia narcisista (“el yo como obra de arte”): gracias a las tecnologías actualmente existentes, resulta más fácil hablarle a un individuo y reforzar lo que él piensa de sí mismo y el mundo, que convencerlo de que forma parte de un gran entramado abstracto con un pasado en común y un horizonte imaginario de gloria y loor. En esta microsociología o fenomenología, vale la pena recordar a Shütz y su concepto de epojé de la vida cotidiana, dado que lo que se busca es extender esta epojé (la suspensión de los cuestionamientos frente los esquemas elementales de la vida cotidiana para dar por sentado “el mundo ordinario”, en definitiva, la epojé de la vida cotidiana define y determina lo que es percibido y considerado “normal” de las anomalías, pensemos en El Show de Truman por ejemplo) de modo que abarque cada vez más “acontecimientos” y por más tiempo. Aquí entran en juego las consabidas burbujas de filtros, el sesgo de confirmación y la posverdad. En síntesis, lo que se busca es el mantenimiento de la superficie espejada en cada uno de los puntos de contacto(2) entre el ciudadano-usuario-consumidor y el discurso central.

No es difícil extrapolar estas abstracciones teóricas al plano concreto de nuestra coyuntura local. El peronismo se encuentra atravesado por la lanza de la revolución digital, al igual que el sistema democrático en su conjunto: es por eso, fundamentalmente, que están en crisis. Dado que la disputa de sentido ocurre primero en el plano discursivo, es en este plano que la comunicación política debe intervenir para llevar el péndulo de vuelta hacia la polaridad de Pueblo.

Con la mediación digital ubicua, permanente y omnipotente, ya no hay tiempo ni espacio –la “hermenéutica de la distancia” requerida por Ricoeur– para percibir con los propios sentidos: están como enajenados, secuestrados por los dispositivos digitales. Esta disociación, lejos de ser una consecuencia no buscada, es intencionalmente provocada, sostenida e intervenida por el poder inteligente: ergo, se obtiene una burbuja de disonancia cognitiva artificialmente prolongada en el tiempo que permite a cualquier discurso, mientras cuente con los recursos suficientes, imponer su agenda. Lo que el ciudadano, reducido a individuo aislado y de ahí a consumidor, llega a palpar, ver u oír fugazmente es fragmentario, insuficiente para clausurar un sentido: este delta es provisto por los discursos centrales, convenientemente reducido y esparcido a través de la diáspora multimedial.

En este contexto, no es inverosímil pensar en un relato sostenido sobre los hombros de la disonancia cognitiva deliberada que se genera en la subjetividad sometida al poder inteligente desde los centros de poder comunicacional y replicada al infinito, prácticamente, dosificada en las micro-redes, en la capilaridad del Whatsapp y el microclima de Twitter o Facebook. Estas micro-redes luego forman ecosistema, el ecosistema construye y sostiene el groupthink, y luego este se traslada a los grandes medios legitimadores del discurso-señal o señuelo que emitieron inicialmente.

Asimismo, si se sigue a Bourdieu en su idea de que “la opinión pública no existe”, sino que se trata mas bien de una entelequia diseñada para hacer creer a los oprimidos que una parte de los suyos está a favor del opresor; entonces cae de maduro que esta connivencia entre grandes-emisores-centrales-legitimados y las microredes-replicadoras-y-legitimadoras anula y sobreescribe el antiguo vicio de pensar críticamente y exponerlo públicamente, en la polis.

¿Estamos completamente seguros, entonces, de que permanecemos todavía en un territorio democráticamente apto?

El horizonte de sentido de la Singularidad

Una primera aproximación al concepto de Singularidad tecnológica (“la Singularidad”) podría definirse de la siguiente manera: un salto cualitativo en la revolución tecnológica de tal magnitud que es comparable al advenimiento de la raza humana en la Tierra. Siguiendo a Vernor Vinge en su famoso manifiesto, la Singularidad podría alcanzarse por alguna de las siguientes vías:

i.   El desarrollo de una IA que “despierte”, alcance a la humana y posteriormente la supere. Este escenario seguiría la línea argumental de Jack Good según la cual la última invención del hombre como tal será una máquina ultrainteligente que sea capaz de crear otra máquina ultra-ultra-inteligente y así, en un crecimiento exponencial que semejaría una curva de Singularidad de la física.

ii. Que las redes de dispositivos "despierten" como entidad superinteligente, ahora con dos variantes: (1) el Escenario de Internet y (2) el Escenario de Gaia Digital —los propios miles de millones de microprocesadores, interconectados en redes, en el futuro podrían cobrar una conciencia propia y global.  

iii. El desarrollo de interfaces que permitan a un humano comportarse como un ser superinteligente (Escenario IA, Intelligence Amplification). (La apuesta de V. V.)

iv. Manipulaciones biológicas que permitan mejorar el nivel de inteligencia humana (Escenario Biomédico).

Claramente, cualquiera de estos escenarios plantearía un antes y un después tan tajante que ya se habla de posthumanismo para designar la era siguiente. El mismo Vinge sitúa este punto de pasaje no más allá de 2030, y otros colegas en 2050. En términos generales, la mayoría de estos científicos no está cómodo ni contento con este marco temporal, y su búsqueda afiebrada por atemperar el impacto de este acontecimiento da cuenta de ello. ¿Confinamos a las máquinas? Imposible, encontrarán la manera de salir. ¿Las programamos con reglas? (Leyes de  Asimov), podría funcionar si les embebemos la Meta-Regla Dorada (Jack Good): “trata a tus inferiores tal como te tratarían tus superiores”.  De todas maneras, es simplemente inconmensurable imaginar qué podría “interpretar” una superconciencia computarizada de esta regla. ¿Qué es la autoconciencia, al fin y al cabo? Esta pregunta está lejos de responderse y, por el contrario, empieza a aplicarse hacia la propia humanidad. ¿Somos seres autoconscientes, se puede hacer esa afirmación en vistas de nuestro evidente comportamiento autodestructivo, por ejemplo?

Jeff Hawkins es uno de los tecnólogos que plantea la crítica más sólida al concepto de Singularidad: su premisa elemental es que no puede crearse una superinteligencia de la nada, y los recursos materiales y naturales con los que contamos para producirla son demasiado limitados. Sin embargo, en opinión de muchos este argumento no alcanza para cerrar del todo las conjeturas acerca de un salto exponencial en la Ley de Moore en el futuro cercano y producir un cambio cualitativo que afecte de manera determinante el modo en que las máquinas y los seres humanos se vinculan entre sí y con el mundo que los rodea.

Más allá o más acá de las cuestionamientos metafísicos, es importante notar que el horizonte de sentido propuesto por la Singularidad, aunque no culmine en un “despertar” de una superconciencia artificial, predice un futuro cercano en que las decisiones colectivas –políticas, sociales, económicas, sanitarias, demográficas, biológicas, bélicas, ecológicas– serán trasladadas cada vez más hacia los procesadores superpoderosos, capaces de devolver soluciones acertadas con una precisión y velocidad sencillamente inalcanzables por la mente humana. Este avance implacable de la racionalidad técnica plantea per se un paulatino abandono del poder y del control de la toma de decisiones, a la vez que plantea una nueva élite burocrática capaz de alimentar (cada vez menos), interactuar e interpretar estas interfaces.

Realmente, lo único que nos queda por reflexionar es hasta qué punto esta Singularidad constituye un horizonte de realidad y hasta qué punto un “mero” horizonte de sentido —guiando y produciendo nuevos tipos de realidades, discursos, preguntas, praxis y, eminentemente, negocios—, sólo el tiempo lo dirá, pero lo que parece seguro es que el paradigma está cambiando, y esto ya es suficiente para crear una incertidumbre respecto al futuro lo bastante amplia como para volverlo imprevisible. En este escenario, todo parece indicar que quien desarrolle las mejores herramientas para gestionar la incógnita, contará con la ventaja suficiente como para redactar, o al menos incidir, en el nuevo código.

Espejo vivo: el gobierno como interface

Pero volvamos a 2017: para garantizar una victoria electoral y sostener un discurso hegemónico en el tiempo, no se trata meramente de volcar contenidos en bruto dentro de la caja negra del call center y disparar a mansalva contra los ciudadanos en sus cómodos aposentos digitales: como dicen los sabios de Sión, “es más complejo”. 

Lo que aquí llamamos el ‘horizonte de Singularidad’, es decir, una narrativa potente que se alimenta de conceptos físico-matemáticos avanzados como la complejidad, la paradoja, la ambivalencia, la multidimensionalidad, la incertidumbre, el cisne negro, el pensamiento lateral y la no linealidad, entre otros; provee una heurística, un lenguaje y organiza un sistema de creencias respecto de la naturaleza humana, el comportamiento social y las leyes de gobernanza y administración que tienen muy poco que ver con el modelo tradicional de concebir estos asuntos.  Frases como “los seres humanos ya no somos lineales, sino que somos ambivalentes”; “hay que aceptar la incertidumbre en nuestra vida” o “nos vamos perfeccionando sobre la marcha, es un aprendizaje” son derivaciones típicas de este paradigma. Así, la innovación en el campo de la IA y sobre todo los avances en deep learning se ‘derraman’ hacia otros campos donde se imponen, por riqueza productiva y eficiencia, sus principios rectores: aprender a aprender, autoconciencia, horizonte de autosuficiencia de los sistemas de gobernanza y administración.

Es aquí donde cobra importancia capital la gestión de la incertidumbre y la heurística del design thinking: modelización multidimensional para la captación y contención temprana de tendencias pero también posibles cisnes negros. También entra en juego el Big data y la ley de los grandes números: previsibilidad y manipulación: enter el gran laboratorio social de la posdemocracia.

Sobre todo, esta narrativa pone el foco en la libre circulación de la información: y esto, al decir del citado Byung-Chul Han, equivale a una vigilancia total –de todos hacia todos–, produciendo una superficie plana, completamente lisa de conformidad y homogeneidad. A imagen y semejanza del programa de investigación lakatosiano, el modelo de comunicación política más avanzado (el que usa, entre otros, el equipo del PRO) cuenta con un núcleo duro innegociable y un ‘cinturón de seguridad’ compuesto por una serie de premisas secundarias y prescindibles, muchas de ellas ad hoc. Por ejemplo, en esta heurística positiva (aquello que es negociable o testeable) se encuentran premisas como “el presidente es inteligente” (no puede hablar de corrido), “el presidente es un trabajador más” (se pone los guantes al revés), “la corrupción nos preocupa mucho” (Panamá Papers). En otras palabras, el umbral de tolerancia con respecto a estas cuestiones (y otras más serias) es sorprendentemente flexible, aún en issues que para la política tradicional son consideradas intocables. El escándalo que provocan estas afirmaciones al estrellarse –habitualmente a partir de tretas o señuelos plantados por ellos mismos– contra el suelo de Twitter o Facebook es suficiente para tapar y proteger aquél núcleo duro sin ponerlo en riesgo en ningún momento. Es decir, no se trata solamente de distraer sino de controlar desde la gestación hasta su ‘evaporación’ estas bombas de humo comunicacional, conduciendo en todo momento la conversación y sin dar resquicio alguno para algún emisor alternativo. El discurso opositor se encuentra completamente cercado, contenido en las burbujas de filtros de las audiencias afines y bien lejos de los votantes independientes o simpatizantes propios de baja intensidad.

Esta disposición de espejos digitales móviles, trucos publicitarios y prestidigitaciones mediáticas son eficaces en mantener la brecha o disonancia cognitiva el tiempo suficiente como para que el sentido vuelva a clausurarse sin daño a favor del discurso central, pantalla detrás de la cual ocurre “lo real”: se toman las decisiones, se ejecutan las políticas, se dan órdenes, se mueve dinero, cuerpos, papeles, en flujos misteriosos y direcciones desconocidas. En este sentido, decimos que el nuevo modelo de comunicación política es un espejo vivo, ya que el núcleo duro de sus valores consiste precisamente en la especularidad, es decir, en sostener la superficie reluciente de esa burbuja tapizada de puntos de contacto en los que los ciudadanos interactúan con la marca ‘Gobierno’.  Todo lo demás es variable.

Conclusiones

El optimismo de los primeros transhumanistas se ve opacado, como siempre, por el desarrollo ulterior de los acontecimientos. Incluso los más pesimistas preveían un escenario de exterminación total, esclavitud vitalicia o, lo que es peor, la relegación de la especie humana a la irrelevancia absoluta. Aún en este aspecto, las imaginaciones de los pioneros fueron grandilocuentes; la realidad nos muestra, como decíamos al principio, que la subjetividad humana posee la capacidad de adherir gustosa y voluntariamente, mediante la activación de los botones adecuados, a su propio sometimiento. 

El peronismo y cualquier fuerza “populista”, humanista, preocupada por el devenir de los más vulnerables, necesita cuanto menos mostrar una comprensión de este nuevo paradigma para ser capaz de disputar sentidos a nivel discursivo, luego recursivo y, por último, material. La Singularidad tecnológica es, bajo estricta ley estadística, un hecho probable, aunque de contenido incierto y alcance indeterminado, y todos los llamamientos para desistir o al menos controlar la avanzada en este camino han sido respetuosamente desoídos.

Anterior a este horizonte, sin embargo, lo que se despierta es la pregunta por la Democracia: en un contexto en que la subjetividad humana se encuentra cada vez más adormecida por las técnicas psicopolíticas y enajenada en la disonancia cognitiva, frente a una razón instrumental que avanza sin obstáculos, cada vez más compleja, autónoma, eficiente y, de algún modo, “despierta”: ¿subsiste realmente una correspondencia entre la ideología –entendida como análisis crítico de la realidad a partir de un conjunto de valores–, el voto y la representatividad? ¿O se trata ya de una fachada donde se proyectan resultados pre-diseñados y pre-programados desde centros de poder heterónomos, a partir de complejos algoritmos tecnológicos de adulteración certera aunque indetectada del sistema democrático y su nave insignia, el proceso electoral?

***

Referencias bibliográficas

Bourdieu, Pierre, La opinión pública no existe. Conferencia impartida en Noroit (Arras) en enero de 1972 y publicada en Les temps modernes, no. 318, enero de 1973, pp. 1292-1309.

Han, Byung-Chul, Psicopolítica. Herder, Barcelona, 2014.

Lakatos, Imre. La metodología de los programas de investigación científica. Alianza Editorial, Madrid, 1989.

Notas

(1) “God is what mind becomes when it has passed beyond the scale of our comprehension”.

(2) En concordancia con el estado del arte en las disciplinas del marketing, publicidad y afines, nos abstendremos de referir a los “medios” y, en su lugar, nos referiremos a los “touchpoints” o puntos de contacto entre una marca y un consumidor o usuario. Esto permite reflejar la disolución de las barreras entre los distintos canales, ya sea a partir de los contenidos, de la identidad de marca, de los esquemas de propiedad e infraestructura, etcétera.

VOLVER A LISTADO
Más opiniones de

Florencia Benson

Lic. en Sociología (UBA), especialista en comunicación política. Es también autora de libros de narrativa y poesía.

Christian Andres Gonzales Calla

Politólogo.

Más opiniones deste autor