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Es la democracia, estúpido!

Este martes tuvo lugar uno de los comicios que más atención suscitan alrededor del mundo: las elecciones presidenciales de Estados Unidos. Por su relevancia global, estas son seguidas con gran intensidad y relativo fervor en gran parte del planeta, con posiciones a favor y en contra de los principales candidatos como si se tratase de las propias elecciones nacionales.

Luego de haber ganado las elecciones internas en sus respectivos partidos, se presentaron a esta contienda Hillary Clinton, por el Partido Demócrata, y Donald Trump, por el Partido Republicano. Ambos candidatos, que por distintos motivos gozaban de una considerable impopularidad, iban a la caza de los 270 electores que le garantizasen convertirse en el jefe de Estado y gobierno de una de las principales economías del mundo, y el jefe de las más grandes fuerzas armadas del planeta.

Pese al estrecho margen de intención de voto entre una y el otro –poco más de 2,5% a favor de la demócrata-, la mayoría de las encuestadoras daban por descontado la victoria de la ex-primera dama, ex-senadora y ex-Secretaria de Estado. Sin embargo, para el gran asombro de la opinión pública mundial, y un poco menos para la estadounidense, Trump, empresario multimillonario devenido en político, ganó las elecciones, convirtiéndose en presidente de los Estados Unidos de América.

Mucho se escribirá sobre cómo se llegó a ese resultado: se especulará hasta el cansancio de cómo la sociedad norteamericana pudo haber votado a un personaje de la índole de Trump –al que le faltan pocos adjetivos (des)calificativos para ilustrarlo–, así como ya se están realizando las más variadas –y, en algunos casos, disparatadas– hipótesis de los cambios de política interna y externa que se producirán con la llegada del magnate a la Casa Blanca.

Lo cierto es que, según datos oficiales, ambos candidatos obtuvieron casi el mismo porcentaje de votos (47,6% una y 47,5% el otro), e incluso Hillary Clinton –con 59.786.125 votos–  superó nominalmente a su contrincante, que cosechó 59.578.670 votos. Sin embargo, a raíz del sistema de elección indirecta de presidentes de Estados Unidos y del triunfo en estados claves, Trump se hizo con un mayor número votos electorales (279), contra los 228 de Clinton. A su vez, el Partido Republicano mantuvo el control del Senado y de la Cámara de Representantes del país: en el primer caso, obtuvo 51 senadores propios –contra los 47 demócratas–, y en el segundo obtuvo una distancia aún más marcada –con 238 parlamentarios, mientras que los demócratas quedaron en 193.

Estados Unidos se erigió, históricamente, como aquel faro de la democracia liberal representativa hacia el cual todos los regímenes políticos del planeta parecían destinados a reflejarse. Es por ello que, una parte considerable de medios de comunicación y analistas políticos advertían sobre el “peligro” de elegir como presidente de este país a un outsider político –aunque forme parte del establishment económico- como Trump.

De hecho, se repitieron las expresiones de indignación ante sus continuas expresiones xenófobas y sexistas, así como las preocupaciones por sus posiciones contra las políticas liberales vinculadas al comercio. Sin embargo, pareciera haber algo de hipocresía en una parte del repudio a los dichos de Trump. Tomemos por ejemplo su actitud netamente despreciativa hacia los inmigrantes, principalmente hispanos y musulmanes. Causa sorpresa, por usar al menos un eufemismo, que quienes veían con horror desde Europa las declaraciones del líder republicano no perciban con la misma preocupación el inhumano trato hacia los migrantes que por agua, tierra y aire tratan de llegar al viejo continente –por no hablar del creciente apoyo electoral de la ultraderecha conservadora en países como Francia, tierra de la libertad, la igualdad y la fraternidad.

Lo mismo vale para cierto sector de la dirigencia política latinoamericana. Hace unos días, en Argentina, el jefe del bloque de senadores del opositor Frente por la Victoria, se despachó con un “¿Cuánta miseria puede aguantar Argentina recibiendo inmigrantes pobres?”, en alusión a la migración latinoamericana que recibe el país. Los dichos, de por si repudiables, no sólo no  fueron rechazados por el gobierno nacional, sino que fueron respaldados por el mismo Secretario de Derechos Humanos de la Nación, Claudio Avruj. Evidentemente, parecía más cómodo subirse a la ola políticamente correcta de repudiar los dichos de Trump antes de analizar cuán cerca están de su discurso.

Sin lugar a dudas, sólo un personaje como Trump podía hacer parecer a Hillary Clinton como una opción progresista, quien desde los ’90 viene ocupando una posición de primera línea en la política interna y externa de los Estados Unidos, lo cual la convertía, en estas elecciones, en una fiel representante del establishment político. Pese a que su eventual elección habría traído la nada envidiable novedad de investirla como la primera mujer en presidir esta superpotencia mundial, justamente su pertenencia a la “clase política” estadounidense fue una de las principales fuentes de escepticismo del electorado.

Quizás aquí reside uno de los principales motivos que explican el desenlace de las elecciones. El descontento hacia la figura de Hillary fue eficientemente tomado por Trump, quien basó sus propuestas de campaña en una continuada crítica de las propuestas y posiciones pasadas de la candidata demócrata. Cada uno de los temas propuestos por el republicano en su sitio web oficial (https://www.donaldjtrump.com/policies/), -que incluían puntos sobre infraestructura, cyber-seguridad, reforma de los tema vinculados a los veteranos de guerra, comercio, plan tributario, regulaciones, defensa nacional, inmigraciones, salud, política internacional y combate al ISIS, energía, educación, cuidado de los niños, Constitución y segunda enmienda y economía- iban acompañados de un contrapunto contra las posiciones de Clinton sobre los  mismos.

Trump se esforzó en captar el descontento hacia el sistema y los candidatos políticos tradicionales, y tuvo el éxito que esperaba. También supo capitalizar el desencanto del denominado “americano medio”, inspirado en los ideales del sueño americano, que no termina de identificar un progreso en sus condiciones de vida luego del duro golpe que significó la crisis financiera del 2008. Pese a las mejoras de los últimos años en la tasa de crecimiento del PBI interanual y la baja del desempleo –vía creación del empleo-, entre otros indicadores, quedó demostrado que no es sólo la economía lo que define el voto.

Otro aspecto que no pude dejar de ser considerado es que en estas elecciones se repite el fracaso, no tanto de las herramientas de las ciencias sociales cuanto de quienes hacen uso de ellas, para medir las transformaciones y las preferencias políticas. En el caso estadounidense, como ya se mencionó, la abrumadora mayoría de las encuestas daba por descontada la victoria de Clinton –pese a que se reconocía que Trump cosecharía un cúmulo notable de votos. Hace poco, en Colombia, todas las encuestas aseguraban un cómodo triunfo del “Sí” en el referéndum para poner fin al conflicto armado entre el gobierno y las FARC, y allí también el resultado adverso causó asombro y desconcierto. Lo mismo podría decirse de las últimas elecciones en Argentina –en las que se aseguraba el triunfo del peronismo, pese a que luego venció la alianza Cambiemos–, y así seguiría el largo listado de tropiezos de las actuales estructuras cognitivas de los cientistas sociales para reconocer  los cambios y las tendencias en las sociedades contemporáneas.  

Sumado a lo anterior, queda en evidencia la imposibilidad –por falta de capacidad o de voluntad– de los partidos tradicionales para interpelar al electorado y dar las respuestas a sus demandas en modo accesible y directo. Clinton no logró dar respuestas claras y concisas al electorado estadounidense ni de interpretar lo que éste necesitaba, así como Santos no pudo transmitir en Colombia el alcance y contenido del acuerdo de paz, ni Cameron supo comunicar las razones para evitar el Brexit en el Reino Unido. También en este caso el listado se va extendiendo, en distintas latitudes.

Estas elecciones en Estados Unidos nos recuerdan la fragilidad de las democracias cuando la “gente común” se siente cada vez más alejada de la cosa pública, cuando la crisis de representación se hace más patente, cuando los partidos políticos tradicionales son incapaces de salir de sus moldes preestablecidos, cuando el “que se vayan todos” copa la parada, en un claro signo del desprestigio de las clases dirigentes. Esto, que se señalaba era un problema de las débiles democracias de los países en vías de desarrollo, se hace cada vez más ostensiblemente presente en democracias “maduras”, y la llegada de dichos dilemas a la democracia estadounidense parece corroborada con la elección de Trump.

Pese al tono conciliador y de unidad que brindó al momento de reconocer su victoria, se abre ahora el tiempo para ver cuánto de lo que Trump sostuvo en su campaña será efectivamente llevado adelante, de qué peso tendrá el Partido Republicano para “encarrilarlo”, de cómo el sistema económico local establecerá los límites de sus propuesta de cambio y de cómo será su interacción con los principales actores del sistema internacional ante los temas globales. Si es verdad que los Estados no se suicidan, habrá que esperar qué rumbo tomará la sociedad norteamericana y su clase dirigente de cara al futuro.

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Ignacio Lara

Politólogo | Editor de Asuntos del Sur | @nachoflara

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