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Es la articulación, y no la unidad, estúpido! O el mar de los dos demonios y el dilema del puercoespín en Brasil, nuevamente.

La cuestión más relevante para el contexto político brasilero actual, y que ha llamado la atención y la dedicación de la mayoría de los análisis preocupados por las posibilidades y límites de las transformaciones y emancipaciones sociales del Brasil post-PT, es el dilema de la organización. Son diversas en número y en fundamentos las opiniones entre militantes de los movimientos sociales, intelectuales y cuadros partidarios de la izquierda sobre cómo enfrentar el momento: recomposición, reinvención, rescate, transición.

Tal tarea exige reflexiones verdaderamente de fondo: ¿Cuál es el “ser” de izquierda? ¿Cuál es la lógica y la naturaleza de la formación de las identidades colectivas? ¿Cuáles son los límites/posibilidades del hacer político por la vía no institucional? ¿Cuáles son en verdad las instituciones estatales?

Ninguna de estas preguntas tienen respuestas evidentes, fáciles o exclusivas, pero el actual espacio para su formulación es también una invitación a la acción. Las instituciones, por ejemplo, claramente nunca son entidades neutras; al contrario, representan la cristalización de las relaciones de fuerza entre agentes políticos, una situación de equilibrio temporario entre ellas. Esa afirmación es casi palpable: cuando un proyecto de transformación social comienza a ser implementado, este entrará en choque con el orden institucional vigente, y tendrá que ser modificado tarde o temprano.

Esa modificación puede ocurrir de varias formas y en varias dimensiones, de acuerdo al tiempo histórico y a la geografía en cuestión. Los gobiernos de Chávez, Morales y Correa en Venezuela, Bolivia y Ecuador, respectivamente, (los “piratas del Caribe”, apodado por Tariq Ali) en el auge del “progresismo” suramericano al comienzo de los años 2000, tuvieron éxito en las reformas constitucionales que permitieron que los avances sociales fueran llevados a cabo y se consolidaran.

Sin embargo, para el final de aquella década y el comienzo de la que vivimos, los gobiernos de Zelaya, en Honduras y de Lugo, en Paraguay, sin la misma capacidad de movilización de sus pueblos, transitaron el mismo camino y acabaron, por reacción- agrupación de sus fuerzas conservadoras nacionales, viendo a sus presidentes electos por el voto popular destituidos de sus cargos, a través de un mayor o menor grado de coerción y uso directo de la fuerza, inaugurando lo que comúnmente ha sido llamado “golpe de Estado de nuevo tipo”.

Sin embargo, en Brasil, cuyos gobiernos de la era del PT deliberadamente se amarraron a la forma tradicional y decadente de hacer política (siempre invocando la famosa gobernabilidad de la realpolitik y la culpabilidad del sistema de presidencialismo de coalición para buscar justificarse a sí mismo) siquiera se intentó incluso algo parecido a esos cambios institucionales para que se disputase efectivamente la hegemonía (en el sentido gramsciano) de la sociedad, y los resultados, para este partido que presumía de ser el centro de la órbita de las izquierdas, fueran horribles no solo por la brecha que se abrió para el “golpe” que se consumó en septiembre, si no también véase las elecciones locales de octubre.

Entre Escila y Caribdis

Se puede decir, entonces, que la era del PT fue marcada por dos límites: su certeza petulante en la negación por buscar cambios estructurales (que necesariamente pasaría por las reformas constitucionales) y su anclaje (algo común en experiencias gubernamentales de izquierda en regímenes de democracias liberales) en la burocracia y el meandro de poder (falso) del Estado –una combinación que inevitablemente deja de lado la movilización por mecanismos de presión social sobre las instituciones.

En ese sentido, la característica más original de los gobiernos nacionales y populares de América Latina, como analiza Ernesto Laclau, fue realmente el calibre entre una dimensión horizontal de autonomía y una dimensión vertical de hegemonía, y como se observa, en el Brasil post-PT, en este país se operó un efectivo equívoco de esa dosis. En el prefacio, de 2013, de su último libro publicado, “La razón populista”, el cientista político es preciso: “Dar énfasis exclusivo a la dimensión hegemónica conduce a regímenes burocráticos que no se alimentan de una movilización maciza de base. En este caso, el resultado solo puede ser el retroceso del proceso transformador y su progresiva absorción por el viejo establishment”.

Lo más importante en el aporte laclauniano al debate político, principalmente el que está dado en Brasil hoy, es el entendimiento de que un ideal libertario supuestamente “puro” que rastree sus objetivos totalmente por fuera del espacio estatal también es una receta para la amargura del fracaso (al menos en cuanto el Estado como tal se mantiene como la esfera regulatoria de la vida social). La lucidez de esa crítica se destaca en este tramo:

Lo peor que le puede acontecer a un proceso incipiente de transformación es quedar paralizado entre Escila y Caribdis, esto es, entre dos demonios: o seducido por una perspectiva puramente liberal, que acepta las formas institucionales existentes como el único marco posible de accionar el público, o estimulado por una política de pura protesta, que se agota en su autorreferencia.

Sin embargo, independientemente de si es correcto pensar que es la razón populista (en el sentido en que Laclau analiza la categoría) el fundamento mismo de la política –y por tanto también del rompimiento con esas dos racionalidades, esos dos demonios, que, al fin y al cabo, presuponen o el fin de la política como tal (esto es, de aquella que pregona una reconciliación total de la sociedad entera) o a su reducción tout court (o sea, la mera administración pública)–, es urgente, al menos para la izquierda, el enfrentamiento del problema de la organización. E irremediablemente comprenderemos: no habrá unidad, solamente articulación.  

El enemigo ausente y el puercoespín

El primer paso para enfrentar este problema, y en un sentido general la propia lucha política, es entender las necesidades del corte antagónico; necesitamos saber nombrar al enemigo. Hemos en Brasil, por las razones descritas arriba, y que irremediablemente traspasa los límites (deseados) del Lulopetismo, fallado en eso. Los gobiernos del PT, por temor a los costos políticos-electorales de determinados y determinantes enfrentamientos, no hicieron el nombramiento del enemigo.

Pero cuando una sociedad es confrontada por una anomia radical, la necesidad de algún tipo de ordenamiento, de cualquier tipo, se torna más importante. El orden del Leviatán, en el clásico de Tomas Hobbes, es el ejemplo extremo y seminal, pero puede explicar también, en cierta medida, por qué ciertos grupos sociales prefieren (y convocan, como se vio en algunas manifestaciones brasileras en los últimos tiempos) el autoritarismo y el control extremo.

Esa falta de nominación se vuelve fundamental porque si el enemigo para el cual fuimos convocados a luchar se vuelve, por conveniencia electoral de una elite partidaria, el amigo “táctico”, pero luego, porque traicionó a esa elite que lo alineó, vuelve a ser apuntado como nuestro antagónico (los “golpistas”), obviamente el juego del toma y daca es percibido y las desconfianzas se exacerban, los actores políticos combativos se atrincheran en sus diferencias, sin disposición a nuevas propuestas de unidad.

Es ahí que el actual dilema de la organización de izquierda en Brasil se asemeja a los puercoespines de Schopenhauer a quien Freud, y después también Laclau, hacen referencia: si estuvieran muy distantes unos de otros, sienten frío; si se aproximan de más para calentarse, se acaban perjudicando con sus espinas. Y de ahí también el sentido de parodiar, nuevamente, la célebre frase de James Carville que se volvió “snowclone” (una frase que se hace cliché en que uno o más elementos pueden ser sustituidos, y es popularmente repetida hasta el cansancio con múltiples usos).

El estratega de campaña de Bill Clinton a la Casa Blanca en 1992 sabía que George Bush (padre) era virtualmente imbatible en la elección de aquél año, principalmente por cuenta de una política exterior considerada exitosa. Carville sugirió enfocar las preguntas más directamente relacionadas con la vida cotidiana y las necesidades más inmediatas de la ciudadanía, y colocó carteles en las sedes de campaña con tres frases: “Cambios versus Más de lo mismo”; “No se olvide de la salud”; “La economía, estúpido”. Lo que se suponía que era sólo un recordatorio para los equipos de trabajo de campaña se volvió un slogan nacional no oficial, y contribuyó definitivamente para cambiar la correlación de fuerzas en las elecciones, y permitir la victoria, improbable, de Clinton. En nuestro caso: ¡no es la unidad, es la articulación, estúpido!

Hegemonía de nuevo tipo

Si tomáramos como hecho que la izquierda, de forma global, todavía no tiene un discurso que la pueda volver una alternativa institucional al capitalismo neoliberal, dado que en la práctica, como se ha visto en la experiencia brasilera reciente, esta supuesta izquierda  para asumir el gobierno está dispuesto a aliarse con quienes otrora eran los enemigos (siempre en nombre de la “realidad” de la política de “verdad”) es prácticamente imposible concebir un común positivo compartido: el enemigo no está dado.

Por su constitución biológica los puercoespines no pueden evitar sus espinas, y herirse unos a otros, por más que deseen aproximarse con el objetivo de calentarse, por mayor que sea el frío que les aflige. Para alcanzar ese objetivo, vital, su cooperación deberá ser por articulación, y no por unificación.

Siguiendo a Rosa Luxemburgo, la unidad de la clase obrera (la que esta autora consideraba el sujeto histórico privilegiado) no está determinada a priori por la primacía de lo económico, sino por los efectos acumulados de la división internacional de la movilización social – todas las variedades de luchas son vistas como vinculadas entre sí no porque sus objetivos concretos estén intrínsecamente ligados, sino porque esas variedades equivalen en su confrontación con el régimen opresor.

La “unidad” de esa variedad se establece, por tanto, no por algo positivo que ellas compartan, sino por la identificación con lo negativo, por la articulación de sus diferencias en una cadena de equivalencias en oposición a un enemigo común.

Es preciso, entonces, tener como base de nuestra nueva organización una reconfiguración de la noción de hegemonía. En el caso del PT, en particular, esto para por la asunción real de que no existe la menor posibilidad de que el “partido de Lula” (expresión a la que tristemente se redujo la sigla, en lugar de la poderosa articulación de masas de la que formaba parte en los años ‘80 y ‘90) se reconfigure como partido hegemónico de las izquierdas brasileras. La ausencia de un partido hegemónico (en el sentido clásico), por otra parte, tal vez no sea la principal barrera que debemos superar, como se limita a analizar Tarso Genro, uno de los más importantes cuadros del PT, ex gobernador de Rio Grande del Sur, el estado más al Sur de Brasil, y ex ministro de Estado, y que se ha comprometido con aparente seriedad en una reflexión autocrítica que vale su nombre.

Tarso también ha hablado, siguiendo el análisis de Roberto Amaral, histórico político brasilero, en un “frente político de nuevo tipo”. Son comentarios que demuestren reconocimiento de que la sigla, aunque siga teniendo una gran base social orgánica anclada en los movimientos sociales tradicionales que nunca se apartan de la esfera del Partido de los Trabajadores (CUT y MST), redujo definitivamente su capacidad de movilización. Pero al sugerir este frente de nuevo tipo, no se arriesgan más allá de lo normal-conocido, o no son capaces de pensar la transición de las izquierdas más allá de la creación de un nuevo partido hegemón –o lo que es peor, proyectan el viejo PT recauchutado, con una identidad “rescatada”, lo que sería una apuesta infeliz e inocua.

Podríamos, así, comprender lo que sugiere el filósofo político Rodrigo Nunes por composición “multitudinaria”, esto es, no sólo una diversidad de tácticas entre grupos organizados, sino una presencia masiva de gente que no se define necesariamente como “activista” o “de izquierda”. En el caso de la política de las calles, hablando metafórica y literalmente, la defensa de una identidad supuestamente estable y estática es un equívoco; nuestro hacer político debe precisamente construir articulaciones que puedan colocarnos en equivalencias, sin eliminar o anular diferencias, en relación a un antagónico. Para eso, como afirma Nunes, “Tenemos que estar abiertos a ser como cualquiera, justamente para que cualquiera pueda ser como nosotros”.

La paradoja es que esto no invalida la idea de una hegemonía, sino nos insta a entenderla de esa otra manera. Cuanto más extendida sea nuestra cadena de equivalencias, menos será la capacidad de que cada lucha concreta se encierre en sí misma, en una identidad diferencial que sea exclusiva de ella.

La operación, en que una particularidad asume una universalidad cuya plenitud es necesariamente imposible, siempre incompleta, es lo que se entiende aquí por hegemonía – la totalidad por la cual debemos luchar para constituirnos como un “bloque histórico” es un horizonte, no un fundamento. Nuestras equivalencias se darán a partir de nuestras diferencias, y no a la inversa, y para eso necesitamos nombrar al enemigo, sin afecciones, sin histerias, y sin conveniencias electorales pseudo-justificadas.

Aquí Ernesto Laclau nos arroja luz nuevamente: “Un grupo es considerado hegemónico cuando no se cierra en una estrecha perspectiva corporativista, pero se presenta para la más amplia masa de población como el director de objetivos más extensos, como la emancipación o la restauración del orden social”.

El propio autor problematiza la noción de “objetivos más extensos” y “más amplia masa”. La lucha hegemónica por la cual nos debemos engranar no es simplemente un acuerdo negociado o la imposición de un principio organizador preexistente, y sin algo que emerja de la propia interacción política entre los grupos. Generar una posición capaz de conseguir un máximo de adhesión en un momento dado es, entonces, el desafío, que permite la acción transformadora. Y esa transformación socio-estructural, de la cual depende el pensar y el construir nuestra nueva organización, nunca es producida por un único actor pero es resultante de una serie de articulaciones, que a veces se combinan de modo inesperado.

Nuestra nueva organización política, por lo tanto, no se debe pensar en la vanguardia en su sentido leninista clásico, comenzando, por razones obvias, por el PT. La retaguardia, como afirma el ex secretario de Ciudadanía Cultural del Ministerio de Cultura, Celso Turino, parece ser un mejor lugar, en cuanto soporte a los movimientos sociales de hoy, sin buscar cooptarlos o controlarlos. Esa es una llave para abrirse a una lógica de partido-movimiento, en una pluralidad de estilo de un Frente en cuyo borde ya se prevé su desborde, un operar firme entre las dimensiones de la autonomía y de la hegemonía; un navegar preciso, y no temeroso, entre Escila y Caribdis en una travesía que no se termina, pero se renueva.

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Aleksander Aguilar

periodista, lingüista, y doctorando en Ciencias Políticas. Coordina la red-plataforma O ISTMO www.oistmo.com

Christian Andres Gonzales Calla

Politólogo.

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