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Del por qué el PT debe desaparecer, o el realismo de pedir lo imposible

El impeachment-golpe de la presidenta Dilma Roussef, en Brasil, será llevado a las últimas consecuencias por el grupo empresarial-parlamentario-mediático-judicial que lo promueve y conduce. Caso efectúese generará graves y largos efectos sobre el Estado democrático de derecho brasileño y sobre toda la región suramericana (1). Sin embargo, ante esta profunda y dramática crisis política y de representatividad brasileña, hay gente que aún habla de un “rescate” de la identidad del Partido de los Trabajadores (PT).

Las identidades políticas, sin embargo, no son fijas ni estables para que sean simplemente “rescatadas”. Éstas se constituyen, precaria y de manera contingente, a partir de una articulación alrededor de un punto nodal, generando un nuevo discurso que puede hegemonizarse, creando una narrativa que da terreno para que las diferencias innegociables de los actores involucrados no desaparezcan, sino que configuren cadenas de equivalencia que permitan la acción conjunta.

Esta agremiación que se enorgullece, en las palabras de su principal exponente (2), en ser “la más grande y exitosa organización de izquierda de América Latina”, ha sido resultado de una situación discursiva de finales de 1970. Ha surgido precisamente en febrero de 1980 y ha funcionado por varios años como un gran Frente donde conviven muchos colectivos políticos oriundos de distintos orígenes y matrices ideológicas, siempre asociados a un presunto gran campo de izquierda, que se articuló durante el período final de la dictadura civil-militar en torno al discurso por Diretas Já! y a partir del antagónico común que la dictadura representaba.

Luego de 36 años y de victorias tan importantes como cuatro elecciones al gobierno federal brasileño, el Partido de los Trabajadores solo existe porque Luis Inacio Lula da Silva existe. Las recientes encuestas de intención de voto que apuntan a Lula como el favorito para la presidencia de la república en 2018 (3) apenas comprueban que el petismo es demasiado lulista, sumamente dependiente de este único nombre, lo cual no fue obra de las circunstancias pues el partido así lo quiso, hizo todas sus apuestas y canalizó su arrogancia en esta dependencia.

La sigla estuvo tan dedicada a construir su famosa “gobernabilidad” a lo largo de todos estos años en el Poder Ejecutivo Federal, sin una real renovación de cuadros y líderes con, al menos, una mínima fuerza electoral, que todo su “legado” en cuanto proyecto nación – que es algo como mínimo conceptualmente disputable – se perdió en la obvia falta de autocrítica que enmarcó su actuación gobernante. Un error que cobra ahora un precio letal.

Del coma a la muerte

En líneas torcidas, el politólogo y periodista, vocero de la Presidencia en el primer gobierno de Lula, André Singer, confirma esta idea cuando afirma que el lulismo está en coma pero aún no está muerto (4). El PT parece buscar, todavía, su salida para este debilitamiento crónico a partir de Lula y con la errónea metodología que siempre mantuvo en estos 16 años de gobierno, es decir, evitando reformas estructurales y haciendo concesiones, incluso (y principalmente) éticas. Estas concesiones fueron hechas a lo peor habido en los poderes republicanos y fácticos contemporáneos: a la industria del agronegocio y de los gigantes internacionales de la construcción, que permitieron la expansión de la “cultura de corrupción” y se hicieron garante del crecimiento económico del país a un terrible costo social; a la base parlamentaria neopentecostal que ha hecho retraher derechos humanos y sociales; a las grandes corporaciones mediáticas (las mismas que ahora critica en el contexto de la operación “Lava Jato”) con acuerdos publicitarios millonarios que evitaron el necesario debate sobre la democratización de las comunicaciones, y más recientemente, ofreciendo descaradamente más y más cargos de gobierno a la derecha nueva y la tradicional (sus aliados desde el primero gobierno Lula, a propósito) a cambio de votos que eviten el avance del proceso de impeachment.

Singer reconoce que el Lulo-petismo nunca ha tenido la preocupación en romper con las reglas del juego, sino en hacerse un jugador de relevancia a cualquier costo. Él ha sido perentorio en afirmar que las reformas estructurales durante el periodo de auge de las commodities, que en gran medida han asegurado el éxito de los gobiernos Lula, nunca fueron parte de la agenda, era una tesis demasiada “abstracta” (5).

Los gobiernos del PT no han querido, deliberadamente, establecer las condiciones materiales para crear un proyecto de nación y se convirtieron al lado de las élites tradicionales, en rehenes de su propio éxito. El PT creó una presunta inclusión social a partir del consumismo, y no de la ciudadanía, creyendo que todo se mantendría bien en cuanto los pobres se hiciesen menos pobres, aunque los ricos se hiciesen más ricos.

En lugar de buscar cambiar la balanza del poder de Brasil, tan obviamente pendiente hacia el lado de las élites que aseguran la desigualdad e injusticia social en el país – con medidas como la históricamente esperada reforma agraria, la urgente reforma política y electoral, la democratización de los medios de comunicación, por ejemplo –, el PT ha preferido jugar el juego de los truenos, que es aquel que cuando juegas, vences o mueres.

Es así que el Lulismo y el PT se están muriendo. El partido, bajo la celebrada “habilidad” política de Lula, prefirió pagar un precio ridículo para mantener sus aliados parias en nombre de la presunta realpolitik de la gobernabilidad, y en lugar de gobernar como dice la diputada federal y figura de renombre de la izquierda brasileña Luiza Erundina, con el pueblo (6). Es decir, en lugar de una alianza concreta, efectiva y orgánica con la sociedad civil, el PT decidió hacer “lo posible en las condiciones que encontró”, sin dar batalla a ningún esfuerzo para transformar estas condiciones y, especialmente en este segundo gobierno de Dilma,  con un Legislativo podrido para el cual tuvo que dar concesiones, incluso éticas, inmensas, con las cuales se metió y se entremezcló.

Lo más patético es que estos “aliados” de casi 20 años de gobiernos petistas – avisados que estaban desde siempre por las fuerzas realmente progresistas, incluso desde adentro del PT – han probado ahora, con el proceso de impeachment-golpe en curso, que nunca vieron al partido más que como una alianza táctica, aquella que permitiría, y permitió, que sus ganancias fueran garantizadas y maximizadas durante la década del boom de las commodities. Dilma puede caer no por haber enfrentado los intereses de las élites en favor de un Estado más social, sino por no haber tenido la capacidad de seguir atendiendo sus expectativas y deseos.

Pero un constante y fuerte crecimiento económico es justamente aquello que el capitalismo no puede ofrecer, no se sostiene por mucho, y la combinación de la caída de la economía global, con pésimas políticas nacionales de incentivos industriales, han cerrado el ciclo neoliberal de la inserción internacional brasileña. Esto ha puesto en explícito de qué manera al dejar de ser útil a sus intereses y al ya no ostentar la popularidad de antes, el PT seria desechado como una herramienta obsoleta, tal cual se ve ahora con el impeachment-golpe que buscar doblar el Estado democrático de derecho a voluntad de sus elites tradicionales.

Esta es la lección pendiente del PT: aprender, por fin, la metáfora del instrumento sin finalidad, entender que un partido político no es un fin en sí mismo, que herramientas – tal como lo son partidos políticos en general– se desgastan y por lo tanto pueden o deben desaparecer.

Realismos y realidades imposibles

Esta desaparición petista puede ocurrir de dos modos: un entierro absoluto de la sigla o un “fin de lo que es tal cual la conocemos”.

Así como está, con un claro matiz de centro-derecha el PT ya no sirve a nadie. Con la derecha, considerando el infierno que el gobierno vive en este momento, el partido ya sabe (o debería saber) que no tendrá apoyo. Y después de utilizar la “amenaza del retroceso” como chantaje electoral en 2014, aunque luego en el segundo gobierno Dilma haya descaradamente pasado a implementar precisamente una agenda económica neoliberal, ahora utiliza el discurso del golpe para buscar apoyo junto a una “base” de izquierda. Como ha criticado Frei Beto, el PT apenas se acuerda de los movimientos sociales a la hora de apagar los incendios (7).

Es decir, el PT está en la capacidad de cocinar todos los ingredientes para quedarse solo, sin embargo, paradójicamente, en lugar de soledad, puede optar por desaparecer.

Pensar que el partido ahora está más lejos que cerca de la posibilidad de promover algún tipo de reforma estructural, es ignorar que todos los ratones abandonaron el barco. Y por lo tanto, por el mismo pragmatismo o realismo del cual se hizo tanto autobombo en los últimos años, el gobierno debería entender que es con la izquierda con quien podría contar si llega a dar señales de una agenda progresista, o incluso radical. Lo que está en juego en Brasil hoy no es el gobierno del PT, ni su legado. Las protestas callejeras del 18 y del 31 de marzo han probado que las fuerzas políticas de izquierda, y no apenas las partidarias, están dispuestas a defender el país, más no al gobierno.

Tales marchas “contra el golpe” no han ganado la tilde de “históricas” porque fueron a favor del PT, sino porque como no ha sido visto en más de 30 años, articularon alrededor del punto nodal Abaixo a rede Globo! a las izquierdas brasileñas, incluso y principalmente las no-partidarias, fortaleciendo a su paso el discurso por la democratización de los medios masivos de comunicación. Esto debe ser respetado y comprendido.

Quizá quede aún un pequeño y último espacio para una reorganización del PT con los movimientos sociales, si aquél decide llevar a cabo mínimamente la agenda y programa con los cuales se comprometió durante la campaña electoral.

De otra forma, en un momento tan crucial, determinante e histórico como el actual en todos los sentidos, y alcanzando el máximo de irrespeto hacia su base de origen al dedicarse de lleno a la política mediocre de una ingeniería institucional basada en intercambio de votos por cargos públicos, reforzando su estelionato electoral y, al fin y al cabo, evitando realmente ser realista, el PT habrá llegado a su límite total en este año. Y por coherencia y mínimo de responsabilidad con su historia, debería desparecer, destruirse, convertirse en una referencia del pasado y dejar brotar lo nuevo.

Porque si el futuro no es un horizonte de predicciones, al menos algunas importantes lecciones los brasileños podemos sacar de todo esto, principalmente de la ingenuidad del realismo puro. Tal como alguna vez pensó Macchiavello, el realismo político no es un valor abstracto, sino apenas en relación a su empleo en el tiempo. “¡Seamos realistas, pidamos lo imposible!”

1- La crisis política de Brasil afecta a toda la región http://www.lanacion.com.ar/1886120-la-crisis-politica-de-brasil-afecta-a-toda-la-region

2- Exclusive Interview by Glenn Greenwald with Former Brazilian President Lula da Silva https://theintercept.com/2016/04/11/watch-exclusive-interview-with-former-brazilian-president-lula-da-silva/

3-Lula e Marina lideram corrida para 2018; tucanos despencamhttp://www1.folha.uol.com.br/poder/2016/04/1759342-lula-e-marina-lideram-corrida-para-2018-tucanos-despencam.shtml

4- “O lulismo está enfraquecido, até em coma, mas não terminou”, analisa André Singerhttp://ihu.unisinos.br/entrevistas/553303-qo-lulismo-esta-enfraquecido-ate-em-coma-mas-nao-terminouq-entrevista-especial-com-andre-singer

5- IDEM

6- Aliança com povo evita governo “refém do Legislativo”, diz Erundinahttp://www.cartacapital.com.br/politica/erundina-buscar-governabilidade-nao-significa-fazer-concessoes-eticas

7- PT só se lembrou dos movimentos sociais na hora de apagar incêndios, diz Frei Bettohttp://noticias.uol.com.br/politica/ultimas-noticias/2016/04/10/se-dilma-antecipar-eleicoes-estara-renunciando-diz-frei-betto.htm

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Aleksander Aguilar

periodista, lingüista, y doctorando en Ciencias Políticas. Coordina la red-plataforma O ISTMO www.oistmo.com

Christian Andres Gonzales Calla

Politólogo.

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