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De vacacionistas y refugiados

Hace unos pocos días en un post de Facebook la Agencia del Acto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) colgó un video en el que presentaban un nuevo refugio que podrían utilizar los refugiados. Las novedades del artilugio consistían en su facilidad de erección y de movilidad. En el material de difusión se aseguraba que sólo se necesitaban 30 minutos para el montaje de cada hogar temporal y que una vez realizado éste, su transportación de un sitio a otro era súmamente sencillo. El nuevo sistema que ACNUR comenzará a utilizar a finales del presente año no es más que una gran tienda de campaña de varillas elásticas. La única diferencia con aquellas que se pueden comprar en Decathlon –lo siento por la publicidad, no intencional– o en la tienda de productos deportivos de confianza del barrio donde se resida, radica en el gran logo que de la agencia (en ingles y con alfabeto latino) porta el cubrevientos.

Esta loada innovación me hizo recordar una vez que, cuando adolescentes, fuimos de vacaciones un grupo de amigos a una playa mexicana a la que hoy es imposible siquiera acercarse, pues la zona es jurisdicción de facto de alguno de los atomizados y aun así violentos grupos de narcotraficantes del país. Aquella ocasión montamos nuestra tienda –de dimensiones un tanto reducidas comparadas con la presentada por ACNUR– casi frente al pueblo. Después de dos días asentados ahí, descubrimos un rincón playero mucho más placentero, alejado de las multitudes, cerca de los baños y de la enramada donde nos hacían de comer, arroz y pescado, por 15 pesos. Entre  tres de nosotros arrastramos –tal como lo hacen los trabajadores del ACNUR en el video promocional con su tienda– nuestra acogedora morada por, quizá, un par de kilómetros, hasta la ubicación que habíamos elegido, y ante la acalorada mirada del resto de turistas que no entendía lo que hacíamos –simplemente buscábamos unas mejores condiciones de vida (temporales).

Es indudable que comparar unas vacaciones adolescentes en un paraíso terrenal como son (eran) muchos pueblos de pescadores del Pacífico mexicano con la situación que viven millones de refugiados y desplazados alrededor del mundo carece de lógica; tanto como comparar cuadrados con hamburguesas. No obstante, ser vacacionista y ser refugiado convergen en cuanto a la supuesta acotada temporalidad del cambio de residencia (conozco viajeros que nunca regresaron de sus vacaciones más que de vacaciones a su lugar de origen). Finalmente, la comparación constituye, además de lo de la lógica y la forzada convergencia, una falta de respeto a la dignidad de estos seres humanos que se han visto obligados a dejar sus lugares de residencia como consecuencia de la violencia, el hambre, la miseria. Me parece, empero, que es una falta de respeto aún mayor que ACNUR presente una tienda de campaña, construida con un tecnología desarrollada hace más de 30 años, como su gran innovación para mejorar las condiciones de los refugiados. Es una gran falta de respeto que se vanaglorien de la velocidad de instalación de los campamentos y de su facilidad de transporte cuando es harto conocida la parsimonia de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) para ejecutar cualquier tipo de plan. Ya sea éste urgente, o no. Ya esté en juego la vida de personas, o no.

Desgraciadamente en Siria pasa lo que pasa, y en Afganistán pasa lo que pasa, y en Irak pasa lo que pasa; y en México ya no se puede ir a la playa aquélla donde movimos nuestra tienda de campaña comprada en una tienda de deportes en los inicios de los años noventa del siglo XX –y sin el logo del ACNUR que nos evitara disparos desde el aire–, por dos kilómetros. Desgraciadamente, la ONU actúa como muchas otras veces lo ha hecho: con una mano delante y otra detrás. Queda claro que ni sus buenos oficios, ni sus pomposas declaraciones, ni su tan arrogante como inútil doctrina de la responsabilidad de proteger han servido de nada en el caso sirio. Queda claro que aprovechan, como animales carroñeros, la ya consumada, en lugar de evitada, desgracia ajena para el autobombo y la propaganda. Para despilfarrar miles de dólares en ideas extraídas de una visita a una tienda de material de acampada y en personal que lleve a cabo sus despropósitos. Desgraciadamente, muchas veces la ONU es la única opción a la que pueden atenerse quienes se encuentran sumidos en el desamparo –y que además cumplen con el requerimiento de ostentar algún interés político o mediático para la comunidad internacional (léase, occidental)–, y es que en estos menesteres la citada organización funciona como un monopolio en toda regla. No sólo es opaca, rígida y arbitraria en su funcionamiento, sino que se arroga la posibilidad –al no tener competidor– de obligar reglas, universalizar valores, imponer a su personal estratosféricos salarios, bonos y ganancias, además de darles impunidad para comerciar con las carencias ajenas.

O la ONU cambia en sus antes, durantes y después, o tarde o temprano habremos de buscar otras opciones más eficaces, más baratas, más efectivas.

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Juan Honey Wuest

Juan Honey Wuest es periodista con estudios en Relaciones Internacionales. Ha colaborado en distintas revistas digitales en temas tanto culturales como políticos.

Christian Andres Gonzales Calla

Politólogo.

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