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Claves para descifrar una revolución ciudadana silenciosa

Una revolución silenciosa está ocurriendo en América Latina. Luego de una larga historia de exclusión política y social, las mujeres ocupan cada vez más cargos de representación popular y, con ello, puestos ejecutivos y legislativos desde donde ejercer poder político. Si bien durante mucho tiempo se cuestionó que fuera necesario esperar que las mujeres tuvieran cargos para generar transformaciones significativas en las sociedades, cada vez más se entiende que su presencia en las instituciones es un paso clave para que se concilien demandas e intereses en las democracias contemporáneas.

Aún cuando todavía mucho de la política y el poder continúa siendo “cosa de hombres”, son cada vez más los hombres y mujeres convencidos de la necesidad de un cambio radical en la representación no sólo descriptiva sino también sustantiva y simbólica. La principal dimensión del cambio ha estado en la “representación descriptiva” a nivel nacional desde la década de 1990, es decir, en el número de mujeres que participan en las instituciones dado que el promedio de legisladoras se triplicó de 9% a 28,8% (CEPAL 2016). A su vez, esto tiene impacto tanto en la representación sustantiva, es decir, en la defensa y promoción de la agenda feminista, así como en la “representación simbólica”, esto es, en la percepción de esos grupos subrepresentados respecto a que sus intereses están siendo procesados en el sistema político.

Las últimas décadas pasarán a la historia como las de mayor transformación en las condiciones de acceso de las mujeres a las instituciones en América Latina. Entender ese proceso lleva a pensar en los aprendizajes, en los obstáculos que aún permanecen y que dificultan la representación igualitaria, así como también en los desafíos que la ciudadanía enfrenta para democratizar la manera en que se toman decisiones en los sistemas políticos latinoamericanos.   

Aún cuando los aprendizajes son muchos, destaco cuatro de ellos. Primero, entender que no hay democracia posible sin mujeres. Segundo, pensar en que las reglas institucionales importan. A pesar de los críticos, muchas veces centrados en prejuicios y carentes de fundamento empírico, las medidas de acción afirmativa (como la cuota) y/o la inclusión de la paridad han ampliado la representación descriptiva y, tercero, a pesar de ello, entender que las reglas institucionales solas no son suficientes sino que se trata de sumar esfuerzos institucionales pero también culturales, económicos y sociales.

Al mismo tiempo, los obstáculos aún son muchos y densos y varían de país en país. Primero, continúan presentes una serie de valores, creencias y prácticas excluyentes, que están fuertemente engarzadas en la cultura de la sociedad. Desde el patriarcado hasta los micromachismos, pasando por fuertes estereotipos de género que etiquetan, generan ignorancia y excluyen. El hecho de que exista más confianza en los liderazgos de los hombres; que haya cuestionamientos sobre la capacidad de mando y liderazgo de las mujeres; que las mujeres ganen menos sueldos a igual trabajo e incluso que “tengan que demostrar” que pueden ejercer son fuertes barreras culturales y actitudinales que limitan la democracia.  

Esa cultura patriarcal también se encuentra al interior de las organizaciones partidarias y funciona como una barrera profunda que dificulta a las mujeres trabajar dentro de los partidos. Las prácticas informales de cacicazgo, los liderazgos carismáticos y las estructuras verticales de poder están profundamente arraigadas. La ausencia de una cultura de la legalidad y el complejo de culpa por el (supuesto) incumplimiento del rol de madre-esposa (ante la imposibilidad de poder ejercer cabalmente todos los roles, que generan stress y ansiedad por descuidar ese papel), son elementos que condicionan el comportamiento de las propias mujeres y que limitan sus oportunidades de participación política.

De este modo, las élites, las instituciones y la ciudadanía latinoamericana enfrentan una serie de desafíos en la construcción de una democracia paritaria. Primero, el esquema de “poliarquía” y el “modelo de partido responsable” están agotándose y resulta clave repensar de manera innovadora el modo en que se toman las decisiones políticas. No se trata de eliminar la democracia, se trata de democratizar la democracia. Segundo, hay que revisar el modo en que se educa en valores democráticos. Ya no es factible (sólo) el modelo de educación formal. Se necesitan revisar contenidos, pedagogías y estrategias educativas. Tercero, se necesitan más feministas (hombres y mujeres) molestos por la desigualdad en estas sociedades excluyentes. Más feministas inadvertidos, comprometidos con la igualdad entre hombres y mujeres que hagan oír sus derechos no sólo en el papel sino en la práctica.

La tarea aún es ardua. Se trata de estrategias centradas en las capacidades y habilidades de las mujeres y en la sensibilización del electorado, complementarias a las político-institucionales y las jurídicas, que acompañen a las mujeres militantes en su lucha por contar con espacios de poder.  Los partidos continúan siendo los principales obstáculos en el acceso de las mujeres a la representación política y esto significa que habrá que modernizar (y democratizar) a los partidos del mismo modo que habrá que desarrollar estrategias educativas que contribuyan al desarrollo de una cultura ciudadana basada en el cumplimiento y la exigencia de derechos.

Una revolución ciudadana cada vez menos silenciosa se está adueñando de América Latina y del mundo. La Marcha de las Mujeres del pasado lunes 21 de enero en un gran número de capitales del mundo ha sido la manifestación más evidente de que algo no está del todo bien. La Marea Rosa llegó para quedarse y tiene como objetivo hacer más igualitario el ejercicio del poder y las relaciones interpersonales. Llevará trabajo, pero se hará. Tiene el poder de ser imparable, de quitar velos, de romper techos (de cristal, de cemento, de billetes) y de tener razón. La razón de quienes entienden que una verdadera democracia debe ser incluyente y tener cabida para todos y todas.

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Flavia Freidenberg

Politóloga, PhD (Universidad de Salamanca). Investigadora del Instituto de Investigaciones Jurídicas, Universidad Nacional Autónoma de México flavia@unam.mx | Tw: @flaviafrei

Christian Andres Gonzales Calla

Politólogo.

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