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Botines arco iris: los equipos de rugby diversos en Argentina

En Argentina hay cuatro equipos de rugby de diversidad. El pionero de ellos es Ciervos Pampas, el primer equipo de rugby de diversidad sexual no sólo en el país sino en toda América Latina, al cual le siguió -cronológicamente- Huarpes, constituido en 2016 en la provincia de Mendoza. Luego, en la ciudad de Rosario (Santa Fe) se encuentran Lobitos de Río, creado en 2017, y el más reciente de los cuatro: Quimeras (2018). Más allá de las singularidades y perfiles que los distinguen, se trata de grupos personas que, en distintas proporciones, decidieron encontrarse para aunar dos elementos que los convocan: la construcción de un espacio de contención para vivir sin discriminaciones su identidad sexual y sus ganas por (aprender y) jugar al rugby.

Desde Asuntos del Sur pudimos entrevistar a representantes de tres de estas formaciones, en modo de indagar sobre sus orígenes, de aquello que los llevó a elegir un deporte como el rugby para fomentar una militancia “diversa” dentro de lo que es el movimiento LGTB, sus logros, sus deudas y sus desafíos para el futuro próximo. De este modo, a continuación presentamos algunos emergentes de las conversaciones mantenidas con Caio Varela (Ciervos Pampas), Ariel Amejeiras (Huarpes) y Mariano Granero (Lobitos de Río), para adentrarnos y conocer un poco más de qué va esto del rugby diverso.

Los inicios 

Ciervos Pampas –que en sus primero años de vida se llamaba ADALPI - “Asociación Deportiva Amateur por la Inclusión”– toma forma a partir del deseo de un grupo de amigos que, invitados a jugar al fútbol gay, deciden incursionar en el campo del rugby, aunque muchos de ellos tenían muy poca idea de qué se trataba este deporte con una pelota ovalada y dos “H”. Voluntaria o involuntariamente, su creación iba a tener un efecto importante en el surgimiento de los demás equipos.

En el caso de Huarpes, su nacimiento estuvo vinculado a la experiencia en el rugby gay británico de su actual capitán (cuando vivía por aquellas latitudes), quien, volviendo a su tierra natal, se puso en contacto con Sergio Vargas –impulsor de ADALPI y fundador de BAR (Buenos Aires Rugby)– para impulsar un proyecto de rugby diverso en Mendoza, y así encontró algunos adeptos que fueron sumándose a la iniciativa.

Por último, como nos cuenta Mariano, Lobitos surge de la idea de un par de personas, que ya tenían su militancia a nivel universitario en Rosario, que conocían la experiencia de Ciervos Pampas, y que habían decidido empezar a darle forma a la idea de crear algo similar allí, para formar un equipo de rugby de diversidad sexual.

¿Rugby diverQUEEE?

Una de las primeras cosas que se nos podría venir a la cabeza es preguntarnos: ¿por qué elegir un deporte como el rugby –estereotipado en una visión de sociedad fuertemente elitista y heteronormativizada– para trabajar el tema de la identidad y la diversidad sexual?

Como (casi) todo en la vida, respuestas unívocas no hay. En algunos casos se hace referencia una especie de revancha, de volver a aquel deporte del cual uno se sintió parte pero que aparecía incompatible con la asunción de la propia identidad, dado que una sexualidad que no encajara en lo cánones heteronormativos te volvía no apto. Es que tanto el caso de Ariel como el de Mariano (como el de tantos otros, que quedan invisibilizados) es el de chicos que de pequeños jugaban este deporte –y que les gustaba–, pero que con la llegada de la adolescencia y de la definición de su identidad sexual (y, más importante aún, de su aceptación), sin que nadie les dijera nada, entendieron cuál era el lugar para un homosexual dentro de un equipo de rugby tradicional: fuera (como ocurre con tantos otros deportes de equipo). 

Pero ese encuentro con el rugby diverso tiene matices distintos. Así, por un lado, se evoca a la singularidad de los valores y preceptos que se transmiten y se internalizan con fuerza –desde temprana edad– en el rugby, como la solidaridad, el esfuerzo, el compañerismo, el respeto, el ser un apoyo constante de quien lo necesita, y la potencialidad que todo ello tenía en un espacio deportivo diverso. Así lo expresa Ariel, para quien “la gente sabe de este tema de la hermandad que se produce, de familia, de que una vez que te agarra el 'bicho' del rugby y te hacés amigo es como para toda la vida. Los que han venido, y no han jugado nunca a nada, se suman y se quedan porque se dan cuenta que se produce un cambio ahí, que te sentís conectado con toda esa gente. El rugby tiene eso, de conectarse con el compañero, que quizás no tengan otros deportes”.

Por otro lado, se hace también hincapié en la incursión al rugby como una (¿nueva?) forma de militar por los derechos del colectivo LGTB, uniendo deporte y activismo, como desliza Mariano, quien plantea que Lobitos excede el hecho de ser un equipo de rugby, reivindicando particularmente el ámbito de la militancia. E incluso Caio, en la misma sintonía, habla de la misión de su equipo como aquello que los define y diferencia, al haberse planteado como ejela lucha contra la homofobia y la valoración de la diversidad sexual.

Vale la pena subrayar que, en la conversaciones mantenidas con estos tres representantes del rugby diverso argentino, en ningún caso se definen como equipos de rugby estrictamente gays... de hecho, como dice Mariano “Lobitos asume un manejo de la diversidad en forma global, incluyendo tanto a hombres, como a mujeres y distintas formas de cuerpos”, y tan es así que este es el único equipo argentino mixto, en el que no sólo los hombres forman parte de las 15 personas que salen a jugar. 

Pero, complementariamente, cuando hablan de diversidad y de contención, el tema no pasa sólo por la cuestión de la identidad sexual, sino que también entran en juego otras dimensiones que hacen a las situaciones de exclusión y que, en ocasiones, se refuerzan entre sí: la condición socio-económica, el país de origen o el color de la piel. Si bien, en algunos casos, los clubes tradicionales de rugby vienen realizando esfuerzos para salir de ese lugar elitista donde se lo suele colocar, sigue siendo un deporte identificado con la gente bien. Y ante esta realidad, los equipos diversos de rugby en Argentina también intentan darle una nueva cara al deporte, ya que reconocen explícitamente que una persona puede caer en espacios de exclusión y discriminación por su identidad sexual Y por su origen étnico Y por ser migrante Y por su situación económica Y por su género Y... En definitiva, reconocen la multidimensionalidad de la exclusión y la desigualdad, y buscan –desde el rugby– no reproducir estas dinámicas hacia dentro de sus espacios.

El estandarte de la diversidad lo levantan con la idea de compartir estos ámbitos del colectivo LGTB, abrirlos para quien quiera participar, independientemente de su identidad sexual, de su situación económica o de cualquier otro determinante de su identidad, que pueda hacerlo y que efectivamente se sienta parte. De hecho, en Huarpes la mitad de su equipo es heterosexual, pero sin embargo tienen ­–como el resto– un fuerte sentido de pertenencia con el equipo, del proyecto de un espacio deportivo y social distinto.

 

Entre el deporte y la militancia

Relacionado a lo anterior es que se planteó, en estas conversaciones, qué tipo de vínculo veían o apreciaban entre el rugby y la militancia por los derechos de las personas LGTB, y en los tres casos manifiestan que hacen del equilibrio entre ambos su pilar fundamental, sobre el cual van desplegando sus distintas estrategias. Y es que, en ocasiones, lograr este balance no es sencillo, como expresa Caio: “es un proceso de construcción. Como gran parte de la sociedad, muchos de los chicos que se acercan tienen un gran rechazo a 'lo político', es impresionante. Ahí hay una tensión. Y conseguir tiempo para que los pibes entrenen rugby y que discutan un poco más de política, es un desafío”.  

Ariel es quizás el más meticuloso a la hora de hablar de este equilibrio entre deporte y activismo. Si bien Huarpes se hace presente en distintas actividades en la ciudad y participa de la agenda LGTB mendocina, la buscada armonía entre ambos es un norte inalterable, ya que “si descuidamos la parte del activismo sobre la diversidad, somos un equipo más, como cualquier otro, no tenemos por qué existir; pero si nos enfocamos demasiado en la parte del activismo LGTB, también ¿para qué nos llamamos un equipo de rugby? El secreto del éxito interno nuestro es ese balance”.

Tanto Ciervos Pampas como Lobitos de Río dejan entrever un mayor matiz hacia lo que es la militancia por los derechos LGTB. De hecho, Caio brinda una visión algo más 'instrumental' de cómo el ámbito del rugby permitió un determinado tipo de militancia e incidencia que no hubiese sido posible (por ejemplo) de no haber logrado ingresar a jugar el torneo empresarial de la URBA, rematando con un contundente: “nosotros todavía no somos vistos como iguales por mucha gente, pero por otros sí”. A su vez, relata la experiencia de los jugadores de Ciervos cuando van –como equipo– a ver los partidos de los Jaguares, y cuelgan sus banderas detrás de alguna de las dos haches y se los reconoce y los alientan, y es ahí que dice “de a poquito uno va ocupando esos espacios, es un proceso de militancia”.

 

¿Jugar por jugar o para ganar?

De estas formaciones, solo Ciervos Pampas tiene, al día de hoy, el estatus de asociación civil como equipo de rugby, y es reconocido como tal tanto por la Unión Argentina de Rugby como por la Unión de Rugby de Buenos Aires. Esto le ha permitido al equipo porteño participar del mencionado torneo empresarial de la URBA, lo cual es vivido como un cambio epocal para el grupo, más allá de que, como nos confía Caio en actitud relajada, “todavía no ganamos ningún partido, pero somos insistentes, tratando siempre de mejorar y de crecer como equipo”.

Según cuenta Ariel, el enfoque de Huarpes “está muy basado en el deporte: para nosotros el núcleo de todo esto es el rugby, con los valores y las cosas que produce. Nos interesa la cuestión competitiva porque es así como te ganás el respeto del resto de los equipos. Somos un equipo de rugby diverso, en ese orden. Queremos ser los mejores jugadores que podamos ser, a la vez que crear y extender los valores de inclusión, de respeto y de camaradería que tiene el rugby... y de diversidad!”. Y es así que el equipo contrató un entrenador y un preparador físico, en modo de seguir progresivamente subiendo la vara, como estrategia para consolidar el grupo, apostando a presentarse –para el 2019– como el desarrollo de un equipo de rugby ya existente, que les permita jugar en determinados ámbitos a los cuales hoy no acceden.

Por otro lado, si bien participan del torneo empresarial de la URBA, que ya de por sí es un logro deportivo considerable y que lleva implícito una fuerte carga de competitividad, en Ciervos Pampas sostienen que: “tenemos en claro que no vamos a ser una CASI o un CUBA, porque no es eso lo que queremos ser, no solo porque no vamos a llegar sino porque tampoco queremos ser eso, lo que no quita que sabemos que tenemos que estar en estos espacios”. 

El equipo rosarino, por su parte, al reconocer que aún deben sortear varios estadios de formación, decidió jugar el rugby como desarrollo -que es como se juega en las infantiles, sin disputar las pelotas en formaciones como el ruck o el scrum. Así y todo, el equipo participa, desde este año, de un circuito promovido por Rugby Social -que es paralelo a la Unión de Rugby de Rosario-, que lleva el rugby a distintos sectores, y en donde todos los equipos tienen un componente social, de gente que trabaja en los barrios de la provincia, o incluso que pertenece a determinados cultos religiosos. 

 Prejuicios y discriminación: tackleando para adentro y para afuera

Indagados sobre situaciones de violencia o discriminación que hayan vivido, las experiencias de cada equipo difieren. Quizás el caso más resonante a nivel mediático fue el ataque homófobo recibido por Jonathan, jugador de Ciervos Pampas, el año pasado, justo el día en que el equipo había realizado un evento para cerrar el año y recaudar fondos. Al respecto, Caio pone de manifiesto que –si bien fue algo muy duro y triste para el equipo– se trató de un importante momento de inflexión hacia adentro y hacia afuera: “en menos de 24 horas hicimos una marcha y estábamos todos, orgullosos de estar ahí cortando la calle... fue un proceso de autoreconocimiento muy fuerte”. Y esta reacción que tuvo el propio equipo se vio reforzada con la propuesta de los equipos con los que Ciervos comparte el torneo de la URBA, de lo cual surgió el encuentro “Tackleando la Homofobia”, en el que participaron 13 equipos no diversos, en modo de dar un mensaje contundente de condena a la homofobia. Incluso Agustín Creevy, capitán de los Pumas (el seleccionado de rugby argentino), se puso a disposición del equipo para brindar un mensaje que condenara lo sucedido y comprometerse a trabajar por este tema.

Dentro de la cancha, el panorama pareciera ser distinto, aunque no completamente idílico. Si bien no se reproducen actos barbáricos, injustificables y condenables como el ataque al jugador de Ciervos, los representantes de los tres equipos coincidieron en que han percibido, inicialmente, cierta reticencia o algún que otro comentario –al estilo “nos toca jugar contra el equipo de los putos” –, pero que estas situaciones se van revirtiendo a medida que los demás equipos entran en contacto con ellos, que se genera una cotidianidad y que van compartiendo esos espacios –el partido, los terceros tiempos– donde antes no había rastros de diversidad.   

Por otra parte, tanto Caio como Ariel nos cuentan de experiencias de jugadores de sus equipos que no encajan exactamente en ese estereotipo del rugbier alto-blanco-machote (al estilo Dieux du Stade), sino que por el contrario “tienen mucha pluma”, y que sin embargo, dentro de la cancha “tacklean como endemoniados”. Como dice Ariel, respecto a su compañero de equipo, “este chico no cambió su personalidad por el rugby, sino que a su personalidad le sumó el rugby”, y es así que, en la práctica, sus compañeros –muchos de los cuales probablemente tenían prejuicios de que un hombre tuviese comportamientos o actitudes atribuidas a lo femenino– van deconstruyendo esta visión binaria entre lo masculino y lo femenino, tan arraigada en nuestro imaginario colectivo.

En este sentido, desde Ciervos Pampas se trabaja el tema de seguir siendo “cuerpos miedosos”, que no es el temor de ganar o perder un partido, sino “el miedo al rechazo, a la violencia, a la exclusión. El miedo es algo que todavía nos atraviesa, y cuando entrás a una cancha el miedo pasa por no saber otras cosas”, dice Caio. Esto tiene que ver con que, para quienes formamos parte del colectivo LGTB, nos es familiar percibir la mirada homofóbica, opresora, violenta, la mirada que te amenaza, y el representante del equipo porteño reconoce que “esto nos pasa todavía, pero es parte también de nuestro trabajo, parte de lo que estamos haciendo”.

Sobre esta idea de “soy gay, pero juego al rugby”, casi como si se tratase de colocarse en un escalafón por encima del resto, dentro de este colectivo, por jugar un deporte masculino, Mariano hace énfasis en el trabajo que hacen internamente en Lobitos para romper con esos estereotipos. Y lo hacen desde el lugar del diálogo, acompañado por la formación, para evitar que se reproduzcan estas dinámicas dentro de los equipos, y aprender a convivir con las diversidades, no sólo para demostrar que existe otro tipo de rugby, sino también otra forma de interactuar dentro de la propia comunidad LGTB, de generar espacios libres de discriminación.

Porque es este tipo de trabajo el que luego da resultados que, en ocasiones, exceden las metas que se pudieron dar quienes impulsaron estos equipos. Como nos cuenta Ariel, con el caso de un chico (heterosexual) que se sumó al equipo con tan sólo 18 años y que, con el tiempo, reconoció que “antes de sumarme a ustedes era re homofóbico, estaba lleno de prejuicios, nunca pensé ser amigo de un chico gay, me han cambiado la vida”.

 Los desafíos: ¿qué hay más allá de las “H”?

Mirando hacia al futuro, los tres equipos argentinos de rugby de diversidad se enfrentan con los límites que impone la obtención de recursos, dado que toda su actividad es realizada a pulmón, con el compromiso y la convicción de quienes forman parte de estas iniciativas. La centralidad del tema está un poco a la base de las estrategias de estos equipos, no sólo porque la falta de recursos dificulta el tener los materiales y los espacios para poder entrenar y jugar, sino para permitir que puedan sumarse y pertenecer a estas formaciones aquellas personas que no cuentan con los medios suficientes –lo que nos lleva nuevamente al enfoque sobre la diversidad que excede el tema de la identidad sexual. Garantizar esto es, para los tres casos, una condición innegociable.

Paralelamente, en cuanto a las metas que hacen al crecimiento de estos equipos, tanto Huarpes como Lobitos comparten el desafío de consolidar espacios de formación de rugby para niños, niñas y adolescentes. Si bien estas iniciativas ya están en curso, son aún incipientes y los resultados se van dando a cuentagotas. Sin embargo, como afirma Ariel “tenemos padres que se nos han sumado y que tienen chicos chicos, y están enamorados del proyecto y quieren que sus hijos jueguen al rugby con este enfoque de diversidad, lo cual para mi es increíble”. Este entusiasmo es compartido por sus pares en Rosario, que le apuestan a la formación de entrenadores para poder hacerse cargo de estas nuevas generaciones y de los futuros equipos de Lobitos.

Por otra parte, también surge el interés de fomentar el desarrollo de equipos diversos en otros puntos del país, así como también a nivel latinoamericano –que es un objetivo que vienen persiguiendo desde Ciervos Pampas–, a lo cual se suma el interés en que se vaya configurando una liga propia de equipos diversos. A su vez, el equipo porteño se plantea el trabajo hacia dentro, más que con las técnicas deportivas, con el proceso de construcción colectiva, especialmente en lo que hace a las generaciones más jóvenes, “de cómo trabajamos con ellos y cómo explicamos y discutimos el momento histórico en el que nos toca vivir”.

En lo que hace a la realización de torneos, Huarpes apuesta fuertemente para quedar seleccionada como sede para lo que se conoce como “el mundial de rugby gay”: la Copa Bingham. De concretarse, sería la primera vez que este tipo de torneo, organizado por la International Gay Rugby, se disputase en América Latina. Para Ariel, de concretarse, sería como “amplificar por mil el trabajo que estamos realizando nosotros en Mendoza, además que nos serviría para afianzarnos en el mundo del rugby local”. Por lo pronto, la decisión final se tomará en octubre, pero las chances son ciertas y el entusiasmo –dentro y fuera de Argentina– porque se traslade tan al Sur este torneo parecen poner muchas fichas para el equipo cuyano. 

Más allá de los objetivos que cada uno identifica para sus propios equipos, también han dejado espacio para los desafíos que, visualizan, tiene por delante el movimiento LGTB en Argentina. En los tres casos se reconocen y valoran los avances normativos de los últimos años –como la ley de matrimonio igualitario o la ley de identidad de género–, pero no por ello pasan desapercibidas las deudas, que permanecen y (en ciertos casos) aumentan, como por ejemplo, la situación de mayor vulnerabilidad que padecen las personas trans.

Al respecto, Ariel hace hincapié en la necesidad de “no entrar en una zona de confort, como si ya estuviera todo resuelto”, así como también se refiere a la necesidad de profundizar el trabajo hacia dentro de la comunidad LGTB, ya que “el lenguaje sigue siendo homofóbico, todavía 'lo femenino' es peyorativo y el pasivo es menos que el activo, toda una cuestión cultural mucho más profunda que sigue manteniendo vigente lo patriarcal y machista de la sociedad”.

Vinculado a esto, Caio pone de manifiesto los límites del movimiento LGTB en Argentina luego de la aprobación de estas leyes, criticando un poco una mirada algo burguesa y de clase media (porteña) que le cuesta reconocer los retos y necesidades de gran parte del colectivo. Así, las situaciones de exclusión y la realidad que viven los migrantes LGTB parecieran ser temas poco tratados por quienes lideran hoy en día el colectivo en el país. En esta misma línea, Mariano expresa su preocupación por el tema de exclusión y la marginalidad en los barrios, que siente como un retorno a lo que se vivía en los años '90, y que impacta de manera diferencial a las personas que están en una situación de mayor vulnerabilidad.

Y es en este contexto que los equipos de rugby diversos en Argentina apuestan, mediante su compromiso con el deporte y con aquello que les (nos) toca vivir día a día, que siguen apostando por transformar la realidad, abatiendo prejuicios y discriminaciones, generando sinergias y trabajo que exceden ampliamente los confines y las luchas del movimiento LGTB. Es un partido que dura más de 80 minutos, pero la garra y la convicción para realizarlo parece no faltarles.

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Ignacio Lara

Politólogo de la Universidad de Buenos Aires, Máster en Mercados e Instituciones del Sistema Global y Doctor en Políticas e Instituciones de la Università Cattolica del Sacro Cuore de Milán (Italia). En esta última se desempeñó como investigador concursado y docente de política latinoamericana. Actualmente trabaja en la Defensoría del Pueblo de la Provincia de Buenos Aires y se desempeña como docente de postgrado en la UBA, UNLa y FLACSO. Sus áreas de especialización son la integración regional latinoamericana, la geopolítica energética y las políticas públicas con enfoque de derechos.

Christian Andres Gonzales Calla

Politólogo.

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