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América Latina de cara a sus desafíos en la próxima década

El siglo XXI lleva ya un poco más de una década y media de existencia, y en ese interín se han estado produciendo cambios importantes, sobre los cuales los gobiernos y las sociedades latinoamericanos han debido reacomodarse –o están buscando cómo. En términos generales, sobrevuela el interrogante de cómo llegar a consensuar un modelo de sociedad y de desarrollo inclusivo y sostenible –en términos ambientales, pero también temporales– en un contexto de fuerte polarización, en el que las “síntesis” no parecen abundar.

Ante esta situación, desde Asuntos del Sur hemos decidido interrogarnos sobre algunas dimensiones a las que América Latina debe enfrentarse, en modo de propiciar y ser partícipes de ámbitos de debate y reflexión sobre las acciones que promuevan democracias inclusivas y sustentables.

Para comenzar con algunos de los cambios ocurridos en este periodo, se modificó el escenario político que había propiciado la llegada –y su mantención en el tiempo– de gobiernos de orientación progresista en gran parte de la región. Existe un relativo consenso en sostener que, durante una parte considerable de estos años, se produjo un descenso notable en los niveles de pobreza y desigualdad. Según datos de la CEPAL, de 2002 a 2013 se produjo un pronunciado descenso en el número de pobres e indigentes en América Latina -60 y 30 millones de personas  respectivamente. A su vez, y en un contexto global favorable para las economías emergentes –impulsado notablemente por el precio de las commodities–, otros indicadores sociales, como la educación, a la salud y los sistemas de previsión social, experimentaron también importantes mejoras, lo cual fue afianzando una progresiva expansión de los derechos de las personas.

Sin embargo, desde 2013 en adelante, y en  concomitancia con la ralentización de las economías de la región y del contexto económico menos favorables en términos globales, algunos de estos indicadores comenzaron a arrojar señales de parálisis y/o retroceso. Por su parte, las mejoras producidas en ámbitos como la pobreza no lograron repercutirse positivamente en disminuciones de los niveles de vulnerabilidad de las personas que lograron escapar recientemente de dicha condición. Tampoco lograron revertirse las fuertes desigualdades –no sólo en términos de ingresos, sino del goce de derechos básicos– que aún siguen padeciendo ciertos sectores de la sociedad, como los pueblos originarios, la población afrodescendiente, quienes viven en zonas rurales y las mujeres y niñas, por citar sólo algunos casos.

Retomando el interrogantes planteado al inicio del artículo, resulta imprescindible poner en evidencia que  el desafío ante el cual se encuentran las sociedades latinoamericanas no pasa tanto por dilucidar si son las fuerzas progresistas o conservadoras –y sus desopilantes combinaciones– las más aptas para gobernar su futuro, sino la capacidad de identificar aquellos puntos sobre los cuales urge un trabajo comprometido, eficaz y sostenido a nivel de cada Estado y a nivel regional, en el cual la sociedad civil está llamada a tener un rol de mayor protagonismo.

Ante esta situación, América Latina tienen a su disposición, desde el año pasado, una serie de propósitos, acordados en el seno de la Asamblea General de Naciones Unidas, que sintetizan más de 5 años de consultas y negociaciones globales: la Nueva Agenda de Desarrollo Sostenible 2030, que se propone como una guía para lograr, ni más ni menos que, la dignidad humana en los próximos 14 años.

Esa Agenda, que cuenta con 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), 169 metas y un conspicuo número de indicadores, materializa la necesidad de conjugar agendas que estaban desconectadas, como lo es la ambiental y la del desarrollo económico y social [1]. A su vez, se caracteriza por un enfoque de derechos humanos, subrayando la importancia de implementar efectivas políticas tendientes a la igualdad de géneros y a favor del diálogo e interacción entre las distintas culturas.

Si bien de carácter universal –dado que incluye la necesidad que todos los gobiernos tomen medidas efectivas para mejorar la educación, la salud, el desarrollo de un modelo económico sostenible, la adopción de medidas hacia grupos de atención prioritaria, la promoción de una cultura de la paz, por citar sólo algunos–,la Agenda reconoce un importante principio: el de las responsabilidades comunes pero compartidas, lo cual se plasmó en objetivos concretos, como el de garantizar pautas de consumo y de producción sostenibles o el de reducir las desigualdades entre países y dentro de ellos.

Vale la pena aclarar que los ODS no son vinculantes para los Estado, ni se les puede exigir legalmente que tomen medidas tendientes a cumplir con dichos objetivos. Sin embargo, los países de la región tienen la oportunidad histórica de retomar esta agenda –o al menos parte de ella– y apropiársela, siempre partiendo de las necesidades y los condicionantes propios de su situación de contexto. No hay recetas universales, sino valores y principios que pueden ser articulados, en modo que puedan conectarse, en un vínculo dialógico –y no unidireccional–, la agenda global y la regional.

Es en base a lo antes mencionado que, desde Asuntos del Sur, nos propusimos identificar una serie de interrogantes a los cuales hacer frente, de cara al futuro próximo, para dar aquel espacio de debate y reflexión –tendiente a la acción– del cual se hiciera mención precedentemente, en modo de ir (re)configurando una agenda temática focalizada en una América Latina democrática e inclusiva. Para ello, es posible agrupar algunos de estos interrogantes en, al menos, tres ejes.

En primer lugar, en lo referente a los desafíos que encuentran nuestras democracias, podemos analizar cuestiones tales como:

·¿Cuáles son las principales transformaciones sociopolíticas que proponen un nuevo tipo de democracia? ¿Cómo llevar adelante las innovaciones necesarias al actual sistema político? ¿Cómo los movimientos políticos emergentes que vemos en toda la región pueden contagiar o reemplazar al actual establishment?

·¿Qué pasará con los derechos reconocidos en un marco de gobiernos conservadores y con presupuestos más reducidos? ¿Cómo transitar estos cambios sin que se lleve a un retroceso en los avances logrados?

·¿Cuál será el futuro de Brasil luego del impeachment a Dilma Rousseff? ¿Hacia dónde se dirige la Venezuela de Maduro? ¿Qué pasará con sus socios andinos? ¿Por qué se habla de “golpes institucionales” en la región?

·¿Qué lugar tienen las iniciativas vinculadas a la seguridad humana y la seguridad democrática en el actual contexto?

A su vez, y en línea con los consensos globales anteriormente expuestos, es oportuno que nos indaguemos sobre algunos aspectos puntuales vinculados a la agenda del desarrollo:  

·¿En qué modo nos podemos “reinventar” para pensar el desarrollo en la región?

·¿Qué lecciones nos dejaron los primeros 16 años del siglo XXI en las políticas destinadas a combatir la pobreza y la desigualdad?

·¿Cómo se conjugan las necesidades de las industrias extractivistas con las urgencias derivadas de la agenda del cambio climático?

·¿Cuán sostenible es el uso actual de los recursos naturales?

·¿Cómo (y por qué) repensar el sector agrícola y el uso de agroquímicos?

·¿Qué papel tendrán las ciudades en la agenda del desarrollo?

Por último, aunque no por ello menos importante, resulta necesario indagar sobre los principios que guiarán las relaciones de los países latinoamericanos entre sí, y de estos –o sub-grupos de ellos– para con terceros actores:

·¿Cuál es el rol geopolítico de la región? ¿Qué posición e influencia posee en las distintas mesas de negociación?

·¿Qué cambiará y que se mantendrá en su relaciones son los actores extra-regionales? ¿En qué dirección evolucionará la relación de ésta con Estados Unidos? ¿Qué rol jugará China y la cooperación Sur-Sur?  

·¿Cuál es el futuro de los procesos de integración regional y los esquemas colaborativos multilaterales latinoamericanos?

·¿Qué impacto tendrá, para Colombia y la región, el fin del conflicto con las FARC?

Estos son algunos de los interrogantes a los cuales iremos haciendo frente, mes a mes, desde Asuntos del Sur. Convencidos de la necesidad de avanzar en políticas integrales, de largo plazo y consensuadas, con miras a dotar de mayor sustancia nuestras democracias, desde una perspectiva propia de la región, que haga realidad la idea de sociedad inclusiva y que ponga en el centro de su interés la realización de un proyecto de vida digno para todos los habitantes de América Latina. Este es nuestro desafío.

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[1] Sanahuja, Jose A. (2015) “De los Objetivos del Milenio al desarrollo sostenible: Naciones Unidas y las metas globales post-2015”. Instituto Complutense de Estudios Internacionales.

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