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35 años de la masacre de El Mozote: la maldición de Marcos Díaz ante la nulidad de la ley de amnistía

El episodio ocurrido en El Mozote, en El Salvador, 35 años atrás, en el operativo militar “Yunque y Martillo” ocurrido entre el 10 y el 13 de diciembre del 1981 en el noroeste del país centroamericano, es una de las mayores masacres cometidas contra civiles en la historia reciente de América Latina, con por lo menos el doble de víctimas que My Lai y quizás con más exceso de crueldad que la mundialmente conocida masacre que Estados Unidos promovió en la aldea vietnamita durante su vergonzosa guerra en aquel país asiático, en los años ‘60.

El deplorable Batallón de Infantería de Reacción Inmediata Atlacatl del ejército salvadoreño, comandado por el aciago coronel Domingos Monterrosa, en un intento desesperado por contener el brote revolucionario en el país que se radicalizaba en aquel momento, aterrorizó y asesinó a casi 1200 civiles pacíficos, incluyendo ancianos, mujeres y bebés. La misión del Atlacatl, con financiamiento y entrenamiento de Estados Unidos, era colocar en práctica las medidas necesarias para operaciones conocidas como tierra arrasada o, en el lenguaje del propio ejército en la época “secar el río para evitar que los peces crezcan”.

Sin embargo, para muchos salvadoreños, especialmente los de la generación que nació después de la guerra que se llevó a cabo oficialmente entre 1980 y 1992, El Mozote es distante, en el tiempo y también en el espacio, a pesar que el escenario de la matanza está a menos de 300 km de la capital, San Salvador.

Esa es la ironía de la reciente y oscura historia salvadoreña. El pulgarcito de América, como lo hizo popular la escritora Gabriela Mistral, también quiere dar la vuelta la página del dolor. Pero punir a los criminales, rechazar la impunidad y mantener viva la memoria no ha sido – y muchas veces no lo es – llevado a cabo como la prueba seria de esa disposición. El país sigue ignorándose y siendo ignorado. Sectores de la sociedad, principalmente aquellos que se involucraron en las masacres, en los escuadrones de la muerte y en desapariciones, quieren incentivar el olvido en lugar de la toma de consciencia crítica y eso hace que, como nación, el lugar se mantenga olvidado.

A diferencia de otros países que han vivido transiciones entre conflictos armados y democracias, en El Salvador hasta la fecha el horrífico episodio no ha sido investigado y no hay una sola persona procesada penalmente por los hechos.

Se hizo caer la ley

Sin embargo, una decisión histórica ocurrió el julio de este año: la anulación de la Ley de Amnistía de El Salvador. Y el primer caso reabierto bajo la este nuevo contexto fue el de la masacre de El Mozote, oficialmente el día 30 de septiembre de 2016, lo que ha generado espacio para que se busque el fin de la impunidad de varios casos de arrestos arbitrarios, ejecuciones extrajudiciales, desapariciones forzadas y torturas cometidas durante la guerra (e incluso a partir de 1975, antes del comienzo oficial del conflicto) que habían sido dejados para el olvido por fuerza de la normativa puesta en vigencia en 1993, apenas un año después de la firma de los Acuerdos de Paz de El Salvador.

Para todos los crímenes de lesa humanidad y de guerra, así como las violaciones graves o sistemáticas de derechos humanos y del derecho internacional humanitario cometidas durante el conflicto armado de 12 años en el país, existe hoy la oportunidad de buscarse justicia después de que la Sala de lo Constitucional de la Corte Suprema de Justicia de El Salvado (CSJ) declarase inconstitucional la Ley de Amnistía.

Ahora es posible el juicio a los responsables, lo que genera muchas expectativas. Sin embargo, “mesura” y “prescripción” son los términos, nuevos y antiguos, presentes en el léxico de la clase política salvadoreña por recelo ante la nueva situación.

Para llegar a El Mozote

Sin vehículo propio –como ocurre en muchos destinos de El Salvador– el acceso no es muy simple, aunque las carreteras hoy en día estén bastante mejor. La falta de un sistema de transporte público adecuado en el país hace que el viaje sea complicado.

Salimos luego del almuerzo de la deprimente Terminal del Oriente de San Salvador con destino a la ciudad de San Miguel, en el departamento de Morazán, donde se toma otro bus. Al llegar allí, poco después de las cinco de la tarde, ya no hay transporte hasta la simbólica Perquín (ciudadela que fue el centro del control guerrillero en la región en los años ‘80) con excepción de las populares camionetas que realizan un viaje de dos horas hacia otro pueblecito histórico, Francisco Gotera, para desde ahí tomar otra pick-up. Para evitar los peligros de estarse en la carretera al anochecer, decidimos dormir en San Miguel y seguir a las seis de la mañana del día siguiente.

Al otro día, después de más de tres horas en otro precario bus, llegamos al lugar donde está el Museo de la Revolución Salvadoreña, un pequeño y humilde edificio, organizado por los propios ex combatientes que aún viven en la región, que abriga un verdadero archivo histórico: armas de la guerra, carteles del Frente Farabundo Martí Liberación Nacional (FMLN) y de organizaciones internacionales en solidaridad con la entonces guerrilla, fotos de hombres y mujeres que lucharon en la revolución, cascos de bombas de 500 libras del arsenal norteamericano que eran tiradas por el ejército de El Salvador (financiado por Estados Unidos en su política intervencionista y de contrainsurgencia) y hasta los carros utilizados por dos de los cinco comandantes del FMLN durante la guerra, Schafik Handal y Joaquín Villalobos.

Visitamos el museo por la mañana con el objetivo de ir a El Mozote por la tarde, pero después de las 13hs. ya no pasan las conocidas pick-ups que llegan hasta el desvío de Arambala, que da acceso al lugar, en donde tenemos que tomar otro bus para, luego de tantos medios de transporte, llegar al escenario de la masacre. Así, tras buscar nuevo hospedaje, ahora en Perquín, para pasar una noche más, sólo a la mañana siguiente logramos realmente y por fin llegar a El Mozote –un minúsculo y empobrecido pueblo, adentrado en las montañas de la parte Norte-oriental del país, casi en la frontera con Honduras.

Hasta muy reciente, antes de que en razón de la reapertura del caso se hubiera dado inicio a exhumaciones que actualmente están a cargo de un equipo forense argentino, el pueblecito no era muy diferente de lo que era El Mozote en el inicio de los años ‘80, a no ser por la presencia de un monumento a la memoria de la masacre y por el simpático y rustico “punto de información turística” enfrente de la iglesia.

Algunos minutos después de salir del bus –con mochilas y caras de turista– en el medio vacío del silencioso y polvoriento lugarejo, una joven encargada de orientar los rarísimos visitantes se nos acerca dispuesta a contarnos la historia. Alrededor, sólo se ve una docena de casas, la iglesia, el eventual paso de un niño o adolescente en su bicicleta, dos o tres hombres por detrás del cercado, cargando leña o aparatos de trabajo agrícola, algunos perros hambrientos, un pozo pintado de blanco desde donde se yergue un alto bambú con una bandera roja del FMLN en el extremo superior, y una pequeña tienda desde donde nos observa una curiosa señora.

Estamos frente a la minúscula plaza donde está el monumento a la memoria de la masacre. Es allí, delante de aquella chapa de metal recortada con la forma de la silueta de una familia, colocada frente a un muro de ladrillos con los nombres de las víctimas, que oímos a la dócil guía turística de El Mozote relatar la triste historia del miserable pueblo y recorrer los lugares exactos de las ejecuciones, de los restos de las casas que resistieron a los incendios provocados por los soldados para esconder la vergüenza de la barbarie allí cometida.

Vergüenza escondida

Durante 11 años, una mujer, Rufina Amaya Márquez, fue para todo el mundo el único testigo de la masacre, pero poca gente le daba crédito. Ella fue una de las pocas personas que sobrevivieron a la asquerosa operación llevada a cabo por el Atlacatl precisamente el día 11 de diciembre de 1981, cuando los soldados salvadoreños ejecutaron sistemáticamente a sus compatriotas al intentar eliminar toda la población de El Mozote y alrededores porque era vista como apoyo de la guerrilla.

Hasta octubre de 1992, año en que tuvo fin la guerra civil en El Salvador, Washington tuvo éxito en mantener el crimen en secreto; enterrado entre más de mil cadáveres en aquel extremo oriente del país. La peor masacre de la historia moderna del continente permaneció sin que se le conociera prácticamente durante todos los años del conflicto.

Rufina, que vio el asesinato de su marido y de sus cuatro hijos (uno de ellos arrancado de su pecho con ocho meses de vida), logró, con una extraordinaria fuerza psicológica, contar la historia al mundo. Su relato, verificado in loco por periodistas norteamericanos, fue titular del The Washington Post y del The New York Times luego de que la legendaria Radio Venceremos (medio oficial de comunicación de la guerrilla del FMLN) denunciara la masacre.

Sin embargo, la Casa Blanca, en aquel momento, a inicios de 1982, debatía si mantendría o no el apoyo para que el gobierno dictatorial salvadoreño combatiera la guerrilla. Estados Unidos necesitaba desacreditar la historia que, en el periodo de la Guerra Fría, dejaba al país en el dilema entre mantener la “seguridad nacional” y el supuesto respeto a los derechos humanos (ya que los políticos norteamericanos eran conscientes del nivel de violencia en El Salvador) que los Estados Unidos juzgaban, y juzgan, ejercer.

“Secar el río”

El día primero de diciembre de 1981, informaron a la guerrilla que se había confirmado una operación militar de gran envergadura en la región. El gobierno salvadoreño quería “rescatar” la región de Morazán de las manos de los guerrilleros que tenían el control político en el oriente del país. Los oficiales temían que si la guerrilla no se retirase de Morazán, el país más pequeño de todo el continente americano, con apenas 21 mil km cuadrados, podría dividirse en dos.

El batallón Atlacatl, entrenado por uno de los personajes más polémicos de la guerra salvadoreña, el coronel Domingos Monterrosa (hombre de confianza de los norteamericanos), era una clase diferente de la mayoría de los soldados del país. Eran más feroces, más profesionales y mucho mejor equipados. Siempre con dinero y estructura norteamericana. En ese periodo, los EUA habían dado un paso adelante en lo que se refiere a la inversión en la guerra, pero no estaban dispuestos a involucrar a sus soldados directamente, ya que el país aún estaba bajo la resaca histórica de Vietnam.

El Mozote se encontraba dentro de la zona controlada por la guerrilla, pero los rebeldes no eran capaces de ofrecer suficiente protección a los civiles. En una operación de gran porte del ejército, la población civil también tendría que huir. Sin embargo, la población de El Mozote, en el inicio de aquel diciembre, decidió quedarse.

La maldición

Como en muchas otras comunidades del Departamento de Morazán, la población se esforzaba en mantenerse neutral durante la guerra y muchas veces, de hecho, tenía miedo de la guerrilla. Sin embargo, la confianza en el ejército, a través de Marcos Díaz, contribuyó para que el pueblo se mantuviera relativamente calmo y unido, lo que irónicamente, lo llevó a la muerte. 

La narrativa del libro “Luciérnagas en El Mozote”, que en 2008 estaba en su séptima edición en El Salvador publicado por el Museo de la Palabra y de la Imagen (MUPI), es la que nos explicita al detalle estos hechos, con relatos del fundador de la Radio Venceremos, Santiago (cuyo nombre real es Carlos Henrique Consalvi, actual director del MUPI), del periodista norteamericano Mark Danner y de la propia Rufina Amaya.

Marcos Díaz, dueño de la única tienda de la comunidad, organizó una asamblea enfrente de su casa en el inicio de diciembre de 1981. Él contó a la gente que vivía ahí lo que le habían dicho en San Miguel, la ciudad más cercana al pueblito donde hacía las compras para abastecer su tienda.

Un oficial del ejército le garantizó que, a pesar de que la operación militar estaba realmente dirigiéndose a El Mozote, lo mejor era quedarse en el pueblo y permanecer en las casas para no correr el riesgo de que los soldados los confundieran con guerrilleros en retirada. Marcos Díaz confió en su fuente del ejército y la población de El Mozote confió en Marcos Díaz.

La mayoría de la gente se quedó en el pueblo, sabiendo que el ejército se acercaba, pero confiando en que, al no ser colaborador de la guerrilla, nada malo les ocurriría. La certeza se convirtió en decepción y muerte y, para Marcos Diaz, en una “maldición”. El batallón Atlacatl estaba allí para llevar a cabo una estrategia política-civil organizada, donde no dejar a nadie vivo como testigo era una obligación. Oficialmente, la misión era aniquilar a la Radio Venceremos.

La hoy famosa radio de la guerrilla FMLN era la obsesión del coronel Monterrosa, que no la admitía y se enojaba con su existencia. El Atlacatl fue al norte de Morazán, con destino a Guacamaya, uno de los lugares donde, de hecho, funcionó la emisora. No obstante, la inteligencia de la guerrilla ya había tomado conocimiento del operativo y el colectivo de la radio dejó el campamento mucho antes de la llegada del ejército. Durante su trayecto a Guacamaya, el Atlacatl aterrorizó y asesinó en Perquín, en Torilas y en El Mozote finalizó su misión de barbarie.

El ritual

Luciérnagas en El Mozote relata que el batallón llevó dos días para cumplir lo que se puede llamar de ritual macabro. La población se dividió entre hombres, mujeres y niños, cada grupo encerrado en una casa de la comunidad. Los hombres, que estaban en la iglesia, fueron los primeros. Los llevaron en pequeños grupos a la parte de atrás del edificio donde los ametrallaron, y los que agonizaban fueron decapitados. Las cabezas, cuyos cráneos se encontraron años más tarde, se amontonaban cerca de la sacristía. Poco después fue el turno de las mujeres. Los soldados seleccionaban las más jóvenes y las arrastraban a los cerros de los alrededores. Las otras oían los gritos de las que estaban siendo violadas. Después, los soldados volvieron a las casas y empezaron a separar a las madres de sus hijos. Llevaban grupos de mujeres para ejecutarlas en la pequeña plaza del pueblo y la casa, de a poco, se llenaba de huérfanos en llanto. Los soldados del Atlacatl por fin terminaron su misión, matando a todos los niños de El Mozote.

Rufina Amaya veía todo el repugnante rito escondida detrás de un manzano, que aún existe en El Mozote reconstruido. Cuando hacían fila las mujeres en la plaza, ella, que estaba al final de uno de los grupos, aprovechó la distracción del soldado en medio del alarido de desesperación y se arrastró por debajo de una cerca escondiéndose detrás del árbol donde permaneció por todo un día y toda una noche. Ella falleció en el 2007, pero dejó registrado en el libro publicado por el MUPI el siguiente testimonio:

Yo no sabía qué hacer. Estaban matando a mis hijos. Sabía que si regresaba allá me harían pedazos, pero no podía resistir escuchar los gritos de mis hijos. No podía soportarlo. Tenía miedo de llorar ruidosamente. Pensé que iba a gritar, que me iba a volver loca. No podía soportarlo y suplicaba a Dios que me ayudara. Le prometí que si él me ayudaba, yo le contaría al mundo lo que había ocurrido aquí. Después me amarré el cabello y la falda entre las piernas y me arrastré sobre el estómago detrás del árbol. Allí había animales. Unas vacas y un perro me vieron y yo tuve miedo de que hicieran algún ruido, pero Dios hizo que estuvieran silenciosos. Me arrastré entre ellos. Crucé la calle bajo un cerco de púas y crucé entre las plantas de maguey hacia el otro lado. Me arrastré lejos a través de las espinas. Cavé un pequeño hoyo con mis manos y coloqué mi cara dentro de él para poder llorar sin que nadie me oyera. Todavía podía oír los niños gritando y llorando. Me quedé allí con la cara en la tierra y lloré.

La lucha por justicia tiene historia

Durante el final de las negociones para la paz en El Salvador, ya en el comienzo de los años ‘90, se estableció la creación, con intermediación de la ONU, de la llamada Comisión de la Verdad, para investigar y tornar públicos los acontecimientos que marcaron la historia del país y apuntar recomendaciones. El documento definió la guerra civil salvadoreña como “locura” y “delirante”.

La inédita e histórica victoria electoral de la FMLN en 2009, el ex grupo guerrillero transformado en partido institucional tras los Acuerdos de Paz de 1992, que fue reelecto en 2014, (esta vez teniendo frente la Presidencia de la Republica un ex comandante de la guerrilla, Sánchez Ceren) generó expectativas positivas en diversas organizaciones de derechos humanos para realización de los derechos de las víctimas en ese episodio de El Mozote y en otros diversos casos de violación de los derechos humanos durante la guerra civil, que dejó un saldo de por lo menos 75 mil muertos, unos 8.000 desaparecidos, en su mayoría civiles, numerosas víctimas de tortura y violencia sexual, y un millón desplazados internos y refugiados en otros países.

Sin embargo, a pesar de las positivas iniciativas de memoria histórica, estos gobiernos tampoco se destacaron por acciones de Justicia de Transición, y en realidad Sanchez Ceren ha criticado el fallo por la nulidad de la Ley de Amnistía al opinar que la decisión podría amenazar la “frágil convivencia” en el país centroamericano. Aseguró en un mensaje en cadena nacional, que la sentencia no se ubica “ante los verdaderos y actuales problemas del país”.

Sin la vigencia de la amnistía, la Oficina de Tutela Legal, a cargo de la Dra. María Julia Hernández ーen compañía del Centro por la Justicia y el Derecho Internacional (CEJIL) y la Asociación Promotora de Derechos Humanos de El Mozoteー, solicitó  en agosto la reapertura de la investigación penal por las masacres de El Mozote y lugares aledaños.

Tras la orden de un juez de Morazán de reabrir el caso, Jorge Alberto Guzmán, se abrió también una esperanza en contra la impunidad. Ahora se procesará tanto a los autores materiales e intelectuales. A 14 miembros de las Fuerzas Armadas se les señala como posibles autores, entre ellos cinco miembros del Alto Mando, aunque tres de estos ya fallecieron.

 La lucha por memoria, verdad y justicia en El Salvador nunca ha sido conducida por el Estado, sino por la sociedad civil organizada. En 2005 la Oficina de Tutela Legal del Arzobispado de San Salvador, que representa a las víctimas junto con CEJIL, pidió a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) que reactivara la investigación y se presentó el caso ante la Corte Interamericana de Derechos Humanos, que en diciembre de 2012 emitió una resolución condenatoria contra el Estado salvadoreño.

Durante más de tres años desde esta resolución, sin embargo, el Estado salvadoreño hizo caso omiso a la resolución de la corte. Las organizaciones representantes de las víctimas obtuvieron una audiencia de supervisión de cumplimiento. Y es así que en julio de este año, la Sala Constitucional de la Corte Suprema de Justicia de El Salvador declaró nula la Ley de Amnistía. Apenas tres meses después, se pide la reapertura del primer caso –el caso de El Mozote.

Representantes de organizaciones de derechos humanos creen que la ausencia de amnistía es una ventana de oportunidad para la justicia de las víctimas de la guerra pero deberá ser una investigación difícil por el tipo de procesos que deben seguirse, por la falta de voluntad política y las limitaciones de las instituciones. Una nueva Sala Constitucional de la CSJ, por ejemplo, podrá querer darle vuelta a la sentencia y frenar los esfuerzos por búsqueda de justicia.

Ya no habrá ninguna “maldición” sobre el nombre de Marcos Díaz. La lucha por la verdad y la justicia en el caso El Mozote, y de tantos casos brutales de la guerra salvadoreña, sigue y seguirá renovada y con esperanza.

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* Fotos extraídas de internet para ilustración.

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Aleksander Aguilar

periodista, lingüista, y doctorando en Ciencias Políticas. Coordina la red-plataforma O ISTMO www.oistmo.com

Christian Andres Gonzales Calla

Politólogo.

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