Cerrar la brecha colombiana

POR FRANCESC BADIA I DALMASES 

El proceso de paz en Colombia acaba de sufrir un revés durísimo. Será además muy doloroso, aunque no es definitivo. La negociación entre gobierno y guerrilla ha ido ya demasiado lejos como para dar ahora marcha atrás y volver a las armas. 

Pero someter a refrendación las 297 páginas de un acuerdo complejo y difícil, negociado durante años con esfuerzo de muchos, incluida la comunidad internacional, para finiquitar una guerra que adquirió carácter de tumor crónico no fue una buena idea. 

Tanto entre los que resaltaban las virtudes del acuerdo como entre los que señalaban sus imperfecciones y peligros, había voces autorizadas señalando que plantear un plebiscito era una equivocación histórica. A final de cuentas, en un voto a cara o cruz intervienen demasiados factores exógenos a la cuestión planteada, como son las distorsiones interesadas, las simplificaciones mentirosas, las emociones encontradas, las divisiones rural-urbano, interior-periferia, poblaciones campesinas afectadas vs. poblaciones urbanas alejadas del conflicto… la lista es larga. 

Pero si únicamente votó el 37 %, del censo y el voto quedo dividido en dos mitades, nos encontramos con que una decisión histórica, de consecuencias inciertas y retrocesos evidentes, ha sido tomada por menos de uno de cada cinco colombianos con derecho a voto, puesto que eso significa el 18 y algo mas por ciento de votos afirmativos. Hubo, además, incomprensiblemente, 257.000 votos nulos o inválidos, un número muy elevado, cuando se trataba de una cuestión tan sencilla como marcar sí o no. 

Hubo, además, 257.000 votos nulos o inválidos, un número muy elevado, cuando se trataba de una cuestión tan sencilla como marcar sí o no.

No cabe ninguna duda, en cualquier caso, de la respetabilidad de esas personas que, en buena conciencia, no vieron claro un acuerdo negociado por las elites, o sospecharon de la arrogancia triunfalista de algunos, que vieron en la victoria sobre las FARC un triunfo personal a cambio de un precio que ha acabado siendo considerado demasiado alto— incluyendo acuerdos controvertidos como la participación política de la guerrilla o las complejidades de una justicia transicional avanzada. Los especialistas en acuerdos de paz han visto en la negociación un proceso de gran calidad técnica, un trabajo lleno de innovaciones y valiosas aportaciones a los procesos de construcción de la paz, incluyendo la participación activa de las voces de las víctimas y habiendo tenido en cuenta a las mujeres en todo momento. Pero este esfuerzo de años no ha sido suficiente. El plebiscito final intervino negativamente, y hay que empezar a imaginar de nuevo.

‍El acuerdo de paz, firmado con un “balígrafo”, espera el resultado del plebiscito del domingo 2 de octubre / Foto: AFP

Los problemas de refrendar ideas complejas 

La democracia plebiscitaria, argumentan sus fervientes defensores, es la democracia verdadera, porque arroga al pueblo el poder de decidir directamente. Pero la realidad es que este es un instrumento que se utiliza políticamente para fines que van más allá de lo estrictamente dirimido y que se presta a provocar respuestas que incorporan factores no directamente implicados en la pregunta. Plantea un debate de blanco o negro que inevitablemente polariza, tensa, deja fuera a los moderados o a los que honestamente declaran que no quieren pronunciarse sobre algo que no comprenden, o que perciben lejano, o que es asunto para que lo resuelvan los políticos profesionales, cuya función es precisamente dirimir las cuestiones complejas del bien común. 

La mayoría de las veces, los plebiscitos se convierten en una campaña a favor o en contra del mandatario que los convoca, y sus rivales lo utilizan para atacarlo con argumentos no siempre serios. El argumento de que votar sí era entregar el poder a las FARC y abrir la puerta a la instauración de un régimen bolivariano-chavista a la venezolana fue utilizado sin escrúpulo alguno por el senador Álvaro Uribe y sus seguidores. Incluso, gracias a la intervención de un corresponsal extranjero, que llamó cobarde al jugador James Rodríguez si no se pronunciaba a favor del acuerdo, hizo que interviniese en campaña otro futbolista de la selección colombiana, que apeló a Jesucristo para que fuese la intervención divina la que resolviera el dilema a favor del no. Puede parecer una excentricidad, pero el nivel de simplificación e irracionalidad que comporta una consulta de este tipo debilita la democracia, que es el arte de integrar los matices, las zonas grises, las diferencias, de proteger el bien común y el largo plazo, por encima de las emociones y de las manipulaciones del momento.  

Instrumentalización política 

Recientemente hemos visto la utilización del instrumento plebiscitario para fines políticos espurios. El mismo domingo día 2 de octubre, coincidiendo con el plebiscito colombiano, se celebró en Hungría otro referéndum, que preguntaba a los ciudadanos si estarían de acuerdo en que la Unión Europea impusiese el número de refugiados que Hungría debiera acoger, incluso aunque ello fuese en contra de su constitución. Una pregunta totalmente sesgada, que contenía en sí misma la respuesta. 

Naturalmente, el resultado ha sido del 98% de votos a favor —como en los viejos tiempos del comunismo más fiel—, pero con un insuficiente 40% de participación. Es el triunfo de la democracia iliberal, aunque la paradoja radica en que fue el propio primer ministro húngaro quien cambió del 25% al 50% el porcentaje mínimo de participación para considerar válido el resultado de un referéndum, pretendiendo así blindarse ante potenciales iniciativas de la oposición. En consecuencia, el primer ministro Orban no podría, según su propia ley, considerar el resultado un triunfo. Pero no importa, se trataba de utilizar políticamente una cuestión tan sensible al populismo como la crisis de los refugiados en Europa. El referéndum resultaba un instrumento ideal para avivar el racismo y el resentimiento, y para anular a una débil oposición que, claro está, se negó a participar en este juego antidemocrático. 

Evidentemente, el caso húngaro es un caso extremo —cuesta creer que en la Europa de la UE se den estos extremos—, pero la experiencia del Reino Unido tampoco es ejemplar, ni mucho menos. Las mentiras que se utilizan en campaña, ¿no pasan factura a los ganadores? ¿Es así como funciona la gran referencia de la democracia liberal? 

Los mensajes simplificadores de realidades complejas son tramposos en sí mismos y habría que acentuar el cuidado, especialmente en un momento político en que la factura de la hiperglobalización se está pagando con involución, con re-nacionalización y con el renacimiento de la referencia a derechos identitários frente a los valores de la ciudadanía. 

Los mensajes simplificadores de realidades complejas son tramposos en sí mismos y habría que acentuar el cuidado. 

Un nacionalismo defensivo es el nuevo fantasma que recorre Europa —y el mundo. La simplificadora pero eficaz idea de la campaña a favor del Brexit, consistente en “recuperar el control del país“ se parece demasiado al eslogan del candidato republicano Donald Trump “hagamos América grande otra vez“. La amenaza de una victoria de Trump, en cualquier caso, empequeñece las temidas consecuencias del resultado colombiano. 

Incertidumbre 

Por suerte, si la memoria de la escalada de violencia que siguió históricamente en Colombia al fracaso de los sucesivos procesos de paz sigue viva, servirá esta vez de cortafuegos ante cualquier tentación de volver a las armas.

Entre el duelo de los que perdieron y la euforia de los que ganaron, se abre ahora un periodo incierto. Pero rápidamente las dos mitades deberán ponerse de acuerdo y convencer a las FARC de que aún deben hacer un último esfuerzo, si quieren que el acuerdo sobreviva a este revés monumental, y acabe siendo apoyado por la gran mayoría de los colombianos. 

Estamos ante un escenario en el que, siendo la paz irreversible, lo que signifique el inevitable siguiente acuerdo ¿deberá ser sometido otra vez a plebiscito, en busca de esa ansiada legitimación popular que esta vez no se ha conseguido? 

Sobre el papel, el nuevo plebiscito solo debería convocarse cuando se alcanzase un acuerdo para el cual el gobierno, la oposición y la guerrilla demandasen el mismo voto favorable. Pero entonces, ¿de qué serviría un referéndum, si la cuestión ya estaría dirimida previamente? Para ratificarlo, dirán sus defensores, para estabilizarlo, para imbuirlo de legitimidad. Pero la referencia a la estabilidad que pudo significar en su momento la aprobación en referéndum de los acuerdos de paz del Good Friday en Irlanda del Norte, por ejemplo, a la vista de los costes de un resultado adverso, resulta hoy insuficiente. 

¿Cabría entonces la posibilidad de que la dinámica divisoria y polarizadora intrínseca a una pregunta con respuesta binaria dé nuevamente al traste con todo el esfuerzo de reconstrucción, que será previsiblemente largo y otra vez complejo? Definitivamente, los referéndums para dirimir decisiones transcendentales no son una buena idea democrática, sino más bien son instrumentos que abren brechas. Y la virtud de la democracia como sistema es que contribuya a cerrarlas. 

Es cierto que oponerse al referéndum como método para tomar decisiones complejas transcendentales puede ser considerado antidemocrático por muchos. Pero, en mi opinión, es evidente que resulta un instrumento que disminuye, en vez de aumentar, la calidad del pacto democrático con la ciudadanía. Abre brechas, en vez de cerrarlas. Esta es la lección del domingo. 

Habrá que pensar, con honestidad y valentía, cómo empezar a cerrar la brecha abierta. Y si de verdad vale la pena volver a preguntar.

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Publicado originalmente aquí.

Foto portada extraída de aquí.